lunes, 23 de diciembre de 2013

Y que alguien se anime

Espero no te moleste
Que me tome el atrevimiento
De incluirte en mis palabras
Y en todo lo que pienso

Espero no te cansen
Mi fastidiosa insistencia
Mi poesía abrumadora
Y mis mentiras piadosas

No es que quiera excusarme
Pero me aterra este vacío
Este cero absoluto
Este viaje de invierno

Y que alguien se anime
A menospreciarme a la distancia
A quitarle su papel
Y mentirme en la cara

Y quizá algún día saldrá el Sol
Y el jardín se llenará de flores
Y no te canses de leer poesías

Y esas sean todas mías

sábado, 30 de noviembre de 2013

Plumas de Libertad

Se pierde en el ruido
la música de sus voces
no cantan, no lloran
desaparecen en el humo.

Olvidaron la noche
y qué es la mañana
neones que queman
cemento y metal.

Siguen libres en su vuelo
nadando por el cielo
la envidia de los hombres
y orgullo de los suyos.

Plumas de libertad
amigos del viento
tiernos y hermosos
como el canto de sus voces.

Algunos en jaulas
lloran y no cantan
extrañan su cielo
sueñan con volar.

Sueño de muchos
y mío también
el ser como ellos
y conseguir la libertad.

lunes, 4 de noviembre de 2013

De los verdes, el ruido y vos

Nunca fui regular en esos lugares. Sólo voy cuando tengo cierta obligación moral de hacerlo, si no intento huir. A mucha gente le divierte, a mí más bien me deprime. Las pocas veces que fui –para cumpleaños de amigos o fiestas organizadas por ellos- en lo único que podía pensar era en irme, y miraba atento el reloj esperando a que fuera una hora no tan desubicada de largarme.
Pero cuando me dijiste que vos ibas a ir… De repente esa era la mejor opción, nada podía superarla. Así que comencé a revolver cajones, buscando la vestimenta apropiada, lo que entonara más con la situación; y por supuesto lo que podía llegar a gustarte más. Todo lo hacía por vos.
Por fin llegué a ese infierno, a ese mar de gente sudada y calor. Y te buscaba… Te encontraba y te perdía… Me es imposible borrarme de la cabeza cuando te vi por primera vez entre el tumulto de la gente, si es que eso era gente. Caras tapadas, todos vestidos de verde, siguiendo una especie de coreografía un poco desorganizada. Yo podía sentir cómo me miraban, como un león mira a una gacela antes de correr hacia ella. Me sentía intimidado por sus máscaras, su uniforme y su movimiento cual títeres. Pero en el medio de todo eso, estabas vos con un vestido negro que quería convencer a mis ojos de que estabas aún más hermosa que de costumbre.
Nos vimos y yo te clavé mis ojos, ansiosos por encontrarte. Vos me miraste, o me tiraste con una bola de nieve, no estoy seguro. Sentía como un frío antártico venía hacia mí desde tus ojos, congelando todo alrededor. Incluso muchos de los verdes se apartaron por el frío. No era solo sensación mía.
Me saludaste. Yo temblaba de frío –y de miedo- pero hacía un gran esfuerzo por soportarlo. Te pregunté cómo andabas, me dijiste “bien” y diste media vuelta llevándote con vos al frío y creo que alguna parte de mí.
¿Había sido todo en vano? ¿Me había esforzado en venir a este galpón, con esta gente tan extraña –que seguía mirando de forma amenazadora- sin poder conseguir siquiera una sonrisa? No iba a dejar que eso fuera así y, fiel a mi estilo, comencé a pensar y a intentar armar una estrategia para robarte una sonrisa.
Comencé a recorrer el lugar, un poco asustado. Sonaba una música extraña y había de esos verdes por todos lados. Algunos tenían máscaras diferentes, pero todos con la misma ropa. Se me ocurrió que quizás se debía a rangos, o distintas clases sociales de su organización. Pero no sé si tendrá algo que ver, quizás simplemente las eligen.
No hacía más de cuatro minutos que estaba caminando cuando cometí un gran error. Me metí entre medio de varios verdes y quedé acorralado. Creí que iba a morir. Me observaban y hablaban entre ellos. Discutían, supongo que sobre mí. Y yo estaba callado, cada vez me sentía más pequeño, en el centro de un círculo de verdes. La discusión duró 6 minutos contados segundo a segundo con mis dedos y vaya a saber uno por qué, me dejaron seguir caminando. Quizás querían ver cómo me comportaba, una especie de curiosidad científica.
Al salir del círculo, comencé a sentir nuevamente el frío y supe que estabas cerca. Y te vi, tu vestido negro se distinguía fácilmente y tu cara brillaba por sobre las caretas de los verdes. Me acerqué a vos.
- Hola, te estaba buscando –dije
Solo me miraste.
- ¿Cómo andás? –pregunté
Y te quedaste callada, sin hacer nada. Mirándome, o apuntando tus ojos hacia mí. Yo esperaba la respuesta, pero no llegaba. Seguís ahí, como tildada. No lograba comprenderlo. El primer minuto fue extraño, llegué a pensar que te había pasado algo. Pero me di cuenta que tu cara no mostraba ningún signo de dolor o sufrimiento. Y, sinceramente, yo seguía preocupado por las miradas –que todavía seguían- amenazantes de los verdes. Pero, amigos, quince minutos en una misma posición no es algo normal. Y menos normal es quedarse viendo cómo no te responden.
Pero a los diecisiete minutos te decidiste a responder.
- ¡Bien! – dijiste con tono alegre
- ¿Hace mucho estás acá?
- No, llegué hace una hora. Hora y media cuanto mucho.
Se hizo un breve silencio.
- ¿Sabés algo de los verdes?
- ¿Qué verdes? – preguntaste sorprendida
- De los viernes, si también abre este lugar los viernes. – dije para no quedar como un idiota que veía cosas que no existen
- ¡Ah! A veces abre, pero para ocasiones especiales. En general no.
- Qué lástima, me gusta mucho este lugar –mentí para quedar bien
Y otra vez te quedaste callada, sin moverse siquiera. Empecé a pensar si en realidad no querías hablarme y por eso quedabas dura, sin responder hasta que sentías pena por mí y decías algunas palabras para complacerme. Yo todavía necesitaba tu sonrisa.
Nuevo récord, ya habían pasado más de diecisiete minutos y seguías en la misma posición, con la misma expresión. Yo estaba pensando un plan de escape, por si los verdes, de repente, querían matarme. No estaba seguro de lo que podía pasar con ellos. Cuando me habían encerrado había sido todo muy extraño y complicado de entender. Sobre todo por el idioma extraño en el que hablaban y la música extraña que nunca dejaba de sonar.
Media hora.
- Es muy divertido. Pasa muy buena música y la gente es muy buena onda- dijiste
Yo no sabía qué decir, no podía entender cómo podía decir eso de los verdes y de su música estrambótica. Pero había que seguirle la corriente.
- Sí, no sé por qué no vengo tan seguido. La estoy pasando muy bien.
No fue necesario que pasara un segundo de terminar de decir eso para que todos los verdes decidieran mirarme, con un aire aún más amenazador que antes.
-Me alegra. –dijiste- Sabía que la ibas a pasar bien, por eso te dije que vengas.
Los verdes seguían acechando.
- Pero, tengo que irme – le dije casi con voz de sufrimiento-. Me quedaría más tiempo, pero me están esperando afuera.
Los verdes estaban comenzando a caminar lentamente hacia mí. Tenía que irme rápido.
-Me voy, pero no sin antes decirte que estás muy linda hoy. Muy linda. Adiós.
Sonrió. Yo sonreí –y eso que se acercaban los verdes-.
Comencé a correr, pero ellos seguían a la misma velocidad. Me escabullí entre los pocos espacios que quedaban y con mi objetivo conseguido salí a la calle, donde ya no había verdes. Pero tampoco estaba ella. Aunque tenía en mi memoria guardada su sonrisa, algo que se iba a apropiar de mis sueños por un buen tiempo.


domingo, 27 de octubre de 2013

Un mate y una foto

Se lava la yerba mientras repaso viejas fotos el calor del hogar, la verdad es que te extraño Respiro ese olor a mate y siento el sabor apagado de la última cebada. Recuerdo tu sonrisa. Miro el teléfono en silencio que descansa abandonado no puedo ubicarte solo quiero abrazarte. Con una foto me corto y con el mate me quemo ya parece tu recuerdo en una noche de invierno Quiero verte otra vez con tu equipaje en mano bajando de ese avión y corriendo hacia mi encuentro Nunca tuve tanto miedo como esta vez a la distancia ¿Seguirás pensando en mí? ¿Qué andarás haciendo? Y cambio la yerba y caliento un poco el agua miro la ventana y de nuevo alguna foto Las hojas caen afuera y mi tiempo no pasa cebo otro mate la verdad es que te extraño

sábado, 19 de octubre de 2013

Le juro que no estoy loco.

Le juro que no estoy loco. Sólo fue un resbalón, una mala reacción. Tiene que creerme, no voy a ir a ninguna clínica. No, ya le dije que no estoy enfermo. ¿Es que usted nunca hizo algo sin pensar? Sí, sí, ya sé. Pero si no estuviera “equilibrado emocionalmente” como dice, no podría mantener esta conversación. Igual, no lo juzgo. No sabe ni la mitad de la historia. Sí, no pensaba irme sin contarla.
El lunes anterior a que pasara todo esto, yo salía de mi casa como cualquier otro comienzo de semana. Con un poco de tedio, pero intentando llevar una sonrisa en la cara para que sea un poco más llevadero. Quise comprar el diario en una esquina, algo que no suelo hacer. Agarré el diario El Día y pagué con 10 pesos. El tipo me dijo que no tenía cambio. Le dije que yo tampoco. Y luego de una larga discusión en la que yo le decía que tenía la obligación de vendérmelo, me rendí y le dejé su diario. Sí, señor, esto hace a la historia.
Después de la calurosa conversación, seguí con mi camino habitual hasta la parada del micro. Cuando ya estaba sentado, un simpático joven decidió que era buena idea musicalizar el ambiente. Era un estilo de música que dudo tenga nombre y que contribuyó notablemente al malhumor general del colectivo.
Creo que no pasó nada más importante hasta la noche, cuando se cortó la luz en el medio de la cena y justo al final de una película que estaba viendo en el cable. Enojado con la empresa de electricidad, me fui a dormir temprano.
El martes arrancó mal. Sí, voy a relatar toda la semana. Si no tiene ganas de escucharme, déjeme ir y ya. No, parece más loco usted que yo. Déjeme continuar. El martes no sonó la alarma y me levanté tarde. Luego de lanzar varios insultos al aire y a Samsung, me levanté e hice todo velozmente. Tuve que parar un taxi, si iba en micro llegaba al trabajo para ya tener que irme. El taxista no paraba de hablar y quejarse del gobierno. Yo asentía, sólo para no contradecirlo. Hasta que dijo: “porque en el 77 yo manejaba el taxi y estaba tranquilo. Sabía que no me iba a pasar nada. Necesitamos que vuelvan los militares, la democracia ya demostró que no sirve.” No pude seguir manteniendo el rol de pasivo y tuve que meterme de lleno en la conversación.
Me bajó en el medio del camino. Lo bueno es que no tuve que pagar. Lo malo es que estaba llegando tarde y tuve que buscar otro taxi. Cuando por fin llegué a la oficina, estaba llegando cuarenta minutos tarde. Al entrar, mi jefe me dijo que me lo iba a descontar de sueldo porque muchos estaban llegando tarde y tenía que empezar a hacerlo. Yo nunca había llegado tarde… El día laboral fue tan monótono como largo.
Llegué a casa y cuando quise colgar la campera en el perchero de la entrada, se cayó y rompió un pedazo de baldosa. Además de romperse el perchero y mi campera. Pero esto no es todo, de nuevo se cortó la luz. Aunque esta vez no durante la cena o en el final de una película, mi malhumor crecía exponencialmente.
El miércoles me recibió con lluvia. No es que me moleste la lluvia, pero si me molestaba no tener campera. Como todas las mañana empecé a prepararme le desayuno. Puse agua a calentar, y agarré el paquete de tostadas. De esas que ya vienen hechas. Fui a buscar el tarro de café y no había más. No, no le estoy tomando el pelo. Cuando lea lo que el hombre ese está escribiendo, se va a dar cuenta que nada de lo que digo carece de sentido. Ya le dije que no estoy loco. Como le decía, no había más café. Así que fui a buscar un saquito de té, que tampoco había. Apagué el agua, comí dos tostadas sin nada y me fui a trabajar, sabiendo que allí iba a poder tomarme el infaltable café de la mañana.
Salí a la calle y llovía como pocas veces había visto, y yo sin campera ni paraguas. Completamente mojado subí al colectivo. Y otra vez estaba el alegre muchacho que musicalizaba el ambiente, orgulloso de los parlantes de su celular. Los demás pasajeros se miraban y, sin hablar, planeaban diferentes maneras de asesinarlo en conjunto. Una señora que al parecer estaba un poco más irritada que el resto, le pidió por favor, con toda amabilidad, que apagara la música. El muchacho la miró, puso cara de póker y siguió sin hacer caso. Mi parada llegó y pude bajarme antes de que se iniciara una guerra en el interior.
El mi escritorio había montañas de papeles, tenía tanto para hacer… Me serví una taza de café y empecé con mis obligaciones de hombre adulto. Estaba muy concentrado cuando fui interrumpido por mi jefe. Miraba con cara de preocupado. “Por unos meses nos vamos a tener que ver obligados a bajarte el sueldo. No es solo a vos, lo estamos haciendo con varios empleados.” Bueno, ¿qué le vamos a hacer, no? Después de todo casi que llegaba a fin de mes.
La jornada terminó y salí con más frustración que otra cosa. Para colmo, seguía lloviendo y yo sin paraguas ni campera. En la esquina, un hijo de puta no vio que había un charco y con las ruedas de su hermoso auto mojó las partes de mi cuerpo que aún no estaban mojadas.
Así llegué a mi casa, hecho una sopa, sabiendo que iba a cobrar un veinticinco porciento menos durante un tiempo indeterminado, quizás para siempre y que no podía hacer nada con eso porque, realmente, la empresa estaba a punto de quebrar. Lo único que faltaba era quedarme sin trabajo.
Cuando estaba entrando al departamento, oigo que me llaman. “¿En serio me está diciendo?”… “¿A partir de cuándo?” … “¿El mes que viene? No creo que pueda pagarlo, acaban de bajarme el sueldo en el trabajo.” “Ya sé que no es su problema… Pero… Entiéndame…”
Por supuesto, no entendió. Esa noche no cené. Apagué todo a las siete de la tarde y así como así  me dormí hasta el otro día.
El jueves seguía lloviendo. Y seguía sin café. Resoplando y sin desayunar salí de mi casa hacia la parada del micro. Pero la calle estaba cortada, así que tuve que caminar cuatro cuadras más. Debajo de la lluvia, cada vez más fuerte. Aunque, debo ser sincero, ya me había resignado a empaparme.
El día en el trabajo fue normal, nada de bajas de sueldo. Uno como cualquier otro. Allí, por suerte, pude tomar mi café. Además, decidí que debía, así como habían reducido mi sueldo, reducir mi rendimiento. No iba a trabajar lo mismo por menos, y ni hablar de hacerlo con el humor de perros que tenía.
Antes de entrar al edificio, decidí por fin ir a comprar el café, algo para comer, una cerveza para calmar las aguas y seguro que algo más. En el supermercado había más gente de la que uno puede imaginar que puede llegar a haber en un lugar así. Sin embargo, entré. Fui directo a la góndola del café. Y, para completar con la seguidilla y no perder la costumbre, no había. Le pedí a un muchacho con uniforme del negocio. “Si no hay ahí, no hay.”
Seguí caminando en busca de la mermelada para mis tostadas. Agarré el frasco de mermelada de durazno y seguí caminando. Pero no mucho más, una señora, -por no decirle vieja de mierda- se dio vuelta, me chocó y el frasquito se escapó de entre mis dedos y terminó destrozado en el suelo del supermercado. “¿No me vas a pedir perdón?” Y usted dice que estoy loco…


viernes, 11 de octubre de 2013

Te voy a esperar, deberías saberlo. Te voy a esperar mientras siga viéndote,  mientras sigas sonriendo como lo haces y no pueda sacarte mis ojos de encima. Nada tiene sentido, solo esperarte.

Aunque ni siquiera si desaparecieras de repente,  si me fuera lejos o si te subieras a ese avión dejaría de esperarte y de buscar excusas para hablar con vos, para saber como estas, para asegurarme de que nunca se borre tu sonrisa, para intentar hacerte entender que no existe otra sino vos.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Maldigo

Juro que intento evitar palabras que den pena, que sólo escondan tristeza. Pero me es imposible. No puedo dejar de escribir párrafos que rueguen por un poco de tu atención, que frenen el llanto cambiándolo por garabatos en un papel.
Mientras tanto, miro el reloj y bien sé que estás despierta, igual que yo. Pero podría apostar a que en nuestras cabezas no están las mismas ideas: en la tuya, él; en la mía, vos. Saber que estás despierta lo hace todo más difícil, hace volar mi imaginación. Y vuela tan alto que me asusta.
Tu indiferencia solo alimenta mi odio y me rencor hacia todas las demás mujeres que alguna vez me dieron la espalda. Pero, al mismo tiempo, me hace desearte aún más y más. Me maldigo y maldigo al amor. Una vez más, termino maldiciendo y quejándome. Culpándome, culpando a otros, inventando excusas, buscando explicaciones. Y quizás no haya culpables ni haya explicaciones. Simplemente este invierno es más largo que otros y sólo tengo que esperar a que cambie mi suerte.

miércoles, 24 de julio de 2013

Uno, cuatro o cinco.

Siempre es bueno un café, incluso éste, que es el cuarto que tomo. ¿O es el quinto? No, definitivamente es el primero. La pava estaba caliente, pero no recuerdo haber tomado otro café hoy. Quizás estaba caliente por estar cerca de la hornalla donde cociné. No sé, no es importante. Tampoco es trascendental contar que afuera llueve y hace mucho frío, pero algunos detalles pueden servir para que me sigan. Por ejemplo, ayer manché el mantel con aceite y rompí un vaso. Y hoy no hice nada más que tomar café –pero si tomé uno solo...- y mirar por la ventana. Ver como llueve y agarrar el maldito teléfono que me invita a llamarte. Pero sé que es inútil y que no vas a atender. Ya intenté, por eso lo sé. Más temprano probé en llamarte –miento, sólo tomé un café y miré por la ventana- y no contestaste. Si sólo supieras lo que sufro cada vez que me ignorás, cada vez que caés en otros brazos, cada sonrisa que no es para mí, cada noche que no estás conmigo.
 Si sólo lo supieras… Pero no me dejás contártelo, no contestás el puto teléfono. ¿Por qué? ¿Acaso tenés miedo de escuchar la verdad? Puras tonterías mías, cómo si yo te importara. Sé que alguna vez te importé, por eso me pediste que comprara esas tazas tan horribles que a vos te gustaban; en un momento llegué a pensar que vendrías seguido a casa, y tendría que llenar más la pava, usar más café, que no iba a mirar solo la ventana y que, quizás, nunca más volvería  llover.
Pero no, sólo fue puro capricho de querer que comprara unas tazas que sólo a vos te pueden llegar a gustar. Aunque ahora que las tengo, me encantan. Creo que porque en el reflejo de la luz a veces veo tus manos, o en el café suelo sentir el olor del perfume de tu piel. Y me encanta.
Uh, el agua. Siempre me olvido el agua. En realidad, siempre me olvido de todo. Me olvido de sacar la basura y me olvido de ver el mismo programa en la tele una y otra vez. Creo que varios dentistas me han insultado por no ir a mis turnos, y dejé de ir al psicólogo porque creo que el tipo había empezado a odiarme por faltar siempre. Aunque tenía que pagarle igual, no sé por qué podría enojarse. Cobraba sin trabajar… Qué se yo.

Qué asco este café. La pava todavía está caliente, seguro que es por todos los cafés que tomé. Este debe ser el cuarto. O el quinto.

sábado, 13 de julio de 2013

Todo calla

Siento que al mirar tus ojos
Marrones, oscuros y profundos
Tu piel suave e impecable,
Todas las aves del mundo
Emprenden el camino de vuelta
Y llegan a casa, 
con la nostalgia del que vuelve.
Siento que todas las flores del mundo
Deciden morir
Y volver a nacer en tu pelo
Que se apaga el rumor del mar
Y la sal se pega en nuestra piel
Cuando miro atento tus ojos
Se me olvida para qué estoy
O por qué me fui
Cuando escucho tu dulce voz
Suenan las más hermosas melodías
Cantan los mejores pájaros
-Los más fuertes y coloridos-,
Suenan afinados instrumentos
Y todo el resto calla.
Cada vez que vuelvo a vos
-Aunque nunca me vaya-
Pierdo todo lo que tengo
Y lo cambio por locura

lunes, 29 de abril de 2013

Empezar

No me gusta admitir
que mi problema es empezar
a escribir una historia
o a vivir una con vos

No sé si es mi culpa
o de estas cadenas
que me atan a mi silla
y no me dejan avanzar

Te conocí en la oscuridad
huyendo del pasado
encarando un nuevo presente,
mi nueva forma de vivir

Y vos estabas casi como yo
perdida buscando una luz
la diferencia entre nosotros
es que yo la vi en vos.

Y ahora te tengo
solo como una estrella
que ilumina mi noche
pero no me da calor

Quizás te busque demasiado
y por eso no te encuentre
quizás ni siquiera te busco
y ni siquiera te encuentre

domingo, 14 de abril de 2013

Imágenes en frío



Quiero hablar del frío. El frío es bueno para tomar café. Es divertido ver como la ciudad se viste de colores más oscuros, con atuendos más pesados, gorros y bufandas. Me gusta.  Incluso es bueno para pensar. Con calor se torna complicado hacer trabajar a nuestros engranajes sin sentirnos agobiados pasado un breve tiempo. Además, con el frío, casi siempre viene la lluvia. Y sí que es lindo ver a la ciudad entre paraguas, entre gotas, esquivando charcos. Un café mientras uno ve caer la lluvia, leyendo algún cuento de Cortázar, o quizás no. Quizás mientras se escucha a Vivaldi, o un poco de jazz. ¿Por qué no Pink Floyd?

Pero también puede ser malo, demasiado frío impide incluso tomar café, y ni todas las bufandas del mundo lo frenarían. Demasiada lluvia genera catástrofes. Ni siquiera con el clima se puede exagerar. Bueno, creo que es lo que menos tendría que exagerarse…

Y hablando de exagerar… Sí que soy bueno para eso. Es más, podría decir que es lo que mejor hago. Y me gusta, incluso más que el frío. No hay nada que me guste más en el mundo que exagerar (mentira). Y de ahí vienen todos mis problemas (otra mentira). Recuerdo cuando por exagerar mis sentimientos, dejé de sonreír por mucho tiempo.

Pero no es momento para ponerse triste. Hace frío y estoy tomando café. Y miro por la ventana. Y te veo. Y.  Qué se yo, ojalá pudiera bajar y abrazarte. Pero en realidad no te veo, ni estás allá abajo. Ni estoy tomando café. Aunque es cierto que hace frío. Lo único verdadero es que hace frío. De lo único que puedo estar seguro es de que hace frío. Y no puedo estar seguro de que te estoy viendo, porque ya hace tanto que te fuiste que si se lo cuento a alguien, incluso a Daniel, que siempre me entiende… Si se lo cuento a alguien me tomarían por loco, porque todos fuimos al velorio, y todos te vimos. ¿Está bien decir que eso eras vos? No, vos no estabas ahí. Vos eras mucho más que un envase, y por eso quizás sea cierto que te estoy viendo por la ventana, mientras tomo café y hace frío. Ven, ahora ni siquiera sé realmente si hace frío. Pero podría jurar que sí, que estás ahí y que todo lo que dije es cierto. Aunque, eso sí, nadie me creería, ni siquiera Daniel.

Pero yo no quería hablar de esto, yo quería hablar del frío, nada más. O quizás de que este mes me aumentaron el sueldo. O de que por fin pude comprar el sillón que tanto te gustaba ¿Te acordás? Aunque no lo puse donde querías. Ahora uso el sillón para mirar por la ventana, cuando hace frío y tomo café, y para verte pasar con tu bufanda tejida a mano roja y verde y  tu gorro tan simpático e infantil que me da ganas de bajar las escaleras como un velocista y abrazarte. Por eso me gusta el frío, porque es bueno para tomar café.

martes, 9 de abril de 2013

¿Te dije alguna vez...?



¿Te dije alguna vez que escondo todo lo que puedo? ¿Te dije alguna vez que te escondo y te encierro en cajas de acero? No, claro que no. Si el que se encierra soy yo. Además, ¿Quién lo haría? Si puedo verte entre los barrotes de esta mi cárcel. ¿Te dije alguna vez que no hago otra cosa que mentir? Me miento a mí, miento siempre que puedo. Y lo peor de todo, te miento a vos. Te miento porque temo perderte, temo no ser digno siquiera de verte entre la sombra de mi enrejado.  ¿Alguna vez te mencioné que sos para mí como la espada de un caballero? Y no sólo por la que es temido, sino también la que puede matarlo. ¿Te dije alguna vez que sólo pienso en tu sonrisa, en tu voz, en tu mirada? ¿Te lo dije alguna vez?

domingo, 17 de marzo de 2013



Pocos entienden el valor de tus promesas rotas, de tus mentiras. Sólo lo entienden quienes te conocieron y te sufrieron. Pocos entienden el dolor de ver romperse el futuro que tanto asegurabas en cuestión de segundos, pocos conocen el ardor que producen tus promesas al quemarse. Y los que sí, saben por qué seguimos esperando, por qué creemos que ya pasará. Saben que nos convencemos para creer, sólo porque en nosotros sí puede creer. Pero no es una cuestión de costumbre, cada promesa rota duele igual que la anterior, o incluso más. Cada futuro que rompés, cada confianza que traicionás es una daga clavada en el pecho.

martes, 12 de marzo de 2013

Tu juego, tus reglas


Tu juego es tan irritante que agotaste mi paciencia infinita. Tu actitud es el reflejo opuesto de todo lo que alguna vez sentí. Recuerdo imaginarte junto a mí, brillando iluminados por las estrellas, soñando un futuro nuestro que, seguramente, yo ya había soñado. Si es con vos, todo lo soñé, todo lo pensé, todo lo imaginé. Lo difícil de este juego es que siempre quedo mal parado, siempre ganás vos, porque no sé las reglas. Unas reglas que vos misma inventaste y que te encanta cambiar. Lo malo de haberte amado es que quizás todavía lo haga, y lo malo de que vos no lo hayas hecho es que puede que nunca lo hagas. Y todo sigue igual, me sacás ventaja en este tablero que es nuestro juego y una vez más termino perdiendo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Luz


Cada noche la situación era la misma, ella lo acompañaba casi hasta el último instante de lucidez. La mayoría de sus ideas, sin embargo, nacían luego de que se fuera. De todas formas, también le servía de gran ayuda para nutrir sus conocimientos. Creo que no hace falta aclarar que en su relación no todo era pensamientos;  era su guía en muchos aspectos, ella iluminaba sus noches. Él muchas veces no caía en cuenta de todo lo que le daba; acostumbrado a que siempre estuviera, no conocía la oscuridad que tendría si no estuviera.

Una noche, cuando él fue a buscarla, no estaba. Al principio se alarmó, pero su preocupación se esfumó rápidamente al dormirse. Ella no estaba, pero apenas si lo notaba. Durante dos noches más estuvo solo. De a poco iba sintiendo su ausencia, extrañaba tenerla a su lado siempre que la necesitaba. Y, además, era intrigante la forma en la que había desaparecido. La buscó por todos los rincones posibles e incluso por algunos no tan posibles hasta que desistió.

Una tarde, al volver de la facultad, se sentó en el sillón verde individual que había en la sala de su casa, miró la pintura de unos edificios que tenía colgada en una de las blancas paredes y se preguntó si dentro del armario había buscado. ¿Cómo podría llegar ahí ella? No lo sabía, pero se levantó y abrió sus puertas. Efectivamente ella estaba en el costado derecho cubierta con una pequeña capa de polvo.

Inmediatamente la colocó en su lugar, al lado de su cama. Él no había notado como su mundo había perdido el color que antes tenía, como su imaginación se había diezmado, ni la manera en que extrañaba a sus mundos de fantasía en los que se sumergía cada noche. No lo había notado hasta que, nuevamente, ella volvió a brillar a su lado cada noche, hasta que volvió a acompañarlo, a guiarlo, a ayudarlo a descubrir infinitos mundos y a pensar, a pensar lo que en su ausencia nunca podría haber pensado.

martes, 5 de marzo de 2013

Te llevaste mi sonrisa

Pasan los días, los meses, los años
Y ese sentimiento que supo ser
tan hermoso y tan profundo
hoy abre una puerta
que nunca imagine.

Hoy el odio está a mis pies,
todavía si te veo
mi corazón late más fuerte
pero no es por la emoción
sino por el odio que me produce

Hoy tu voz es insoportable
y tu sonrisa una mueca macabra
Cambiaste el rumbo de mi vida
llenaste mi camino
de piedras y espinas
de ortigas y ríos secos,
cambiaste oasis por espejismos
y flores por espinas

Puño cerrado y dientes apretados
nostalgia y un buen café
afuera de fiesta
y yo me niego a salir
me encierro en mi locura
o en tu locura, no sé.

Cambiaste el rumbo de mi vida
secaste mis ríos
y escondiste mis mapas
te robaste las frutas
y talaste los árboles
te llevaste mi sonrisa.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Frío como el plomo.


El ambiente estaba a cada instante más frío. Tan frío que ya había comenzado a temblar. Pero, sin embargo, todo el cuerpo le transpiraba. Su respiración estaba agitada, bastante, y en sus ojos se podían ver algunas lágrimas. Frente suyo, un frío metal, una mano, un brazo, una persona. Un arma cargada.
Estaba tan asustado como nunca lo había estado, y ni siquiera estaba seguro de a qué le tenía miedo. Nunca había pensado tan rápido tantas cosas… Generalmente el miedo viene cuando uno no sabe lo que va a pasar, o no está del todo seguro. Él sí que lo estaba, sabía que esto no iba a terminar bien. Quizás el miedo venía de dudar si iba a sufrir o no. Si morir iba a ser terrible o divertido. Eso lo aterraba. Nada más aterrador que un destino incierto.
Parecía que había pasado una eternidad, pero apenas si el segundero se había movido de su lugar. De su lado todo era dudas y miedo. Del otro rabia y odio, pero también un poco de miedo y dudas. Matar a alguien no debe ser cosa fácil. Y menos cara a cara, viendo sus ojos, sus gestos, su forma de sufrir. Quizás por eso le estaba llevando tanto tiempo. El hombre en el suelo solo deseaba que terminara.
Comenzó a pensar en todas las cosas hermosas de nuestro mundo y en cuánto iba a extrañarlas. También pensó en si iba a poder extrañarlas… Pensó en su hermano, la única persona que realmente lo iba a echar en falta. Desde sus catorce años –y 17 de su hermano- eran inseparables. Lo único que hizo que tomaran caminos diferentes fue toda la maraña que lo trajo a esta situación. Su hermano había podido escapar, él no. Pero estaba seguro de que no iba a ser fácil para su hermano asimilar su muerte, y menos en estas circunstancias.
El hombre que apuntaba parecía no decidirse nunca  a disparar, estaba tan asustado como él. Era la primera vez que iba a matar a alguien.  Pero tenía que hacerlo, era su deber. Cuando comenzó a prepararse para disparar finalmente, miles de recuerdos aparecieron en la mente de la futura víctima, recordó sus días de universidad, el negocio con su hermano, y esa vez que.

domingo, 17 de febrero de 2013

Amor al chocolate


Con sus  doce años, Mariano estaba seguro de que ya no era un niño. Aunque tampoco un adulto. Él sabía que estaba en esa edad confusa en la que no se lo considera joven, ni niño, ni adulto. Nadie podría poner un adjetivo que representara bien esa situación. Era un jueves a la tarde, ya había vuelto de la escuela y luego de comer, su madre se había acostado a dormir una siesta. Estaba aburrido, y nada mejor  para matar el aburrimiento que comer. Quería chocolate.
Revolvió todos los cajones de la casa buscando. En su pieza, en la cocina, en el living, en la heladera, en alguna mochila, no había por ningún lado. Tenía siete pesos en su billetera de cuero, la usaba para demostrar que ya no era un niño, y pese al calor salió en busca de un kiosco abierto para conseguir el tan preciado chocolate. Tenía menos de una hora antes de que su madre despertara y se diera cuenta que no estaba en la casa. La última vez que había salido de casa sin su permiso…  Prefería no recordarlo. Recordarlo iba a hacer que no se animara a salir. No entendía por qué tanto escándalo, su madre le decía que ya estaba grande.
Parecía ser una misión difícil, a las tres de la tarde y por su barrio estaba todo o casi todo cerrado. Aunque él conocía uno que podía apostar a que iba a estar abierto. Estaba a tres cuadras de su casa.
Agarró su billetera de cuero, se puso su gorra roja y salió a la calle. Afuera no había ni un alma. Los ronquidos de su vecina, Mirta, se escuchaban desde la calle; y de la vereda de enfrente se escuchaba la tele encendida. Además de eso, y del Falcon rojo que pasó por la esquina, no se escuchaba ningún ruido.
Al caminar la primer cuadra, Mariano se puso a pensar en Ana. Desde cuarto grado que estaba secretamente enamorado de ella y nunca se había animado a decírselo. Lo había pensado muchas veces,  diseñó miles de planes e imaginó cientos de escenarios posibles, pero nunca concretó nada. Aunque una vez estuvo cerca de hacerlo…  Era en el segundo recreo de un día de escuela, estaban charlando Ana, dos amigas de ella, Joaquín –su amigo- y él. Las dos amigas de Ana fuero al kiosco y Joaquín en un acto de caballerosidad –o simplemente porque había tenido alguna historia con una de ellas- las acompañó hasta el kiosco. Ana y Mariano quedaron solos. Se miraron y sonrieron… Él abrió la boca, la cerró, tomó aire y la abrió de nuevo para decirle, por fin, lo que venía guardando hace años.  Pero no, le preguntó sobre la tarea de matemática.  Qué estúpido había sido…
Entre tanto ya estaba en la esquina a punto de cruzar la calle. Fue bastante fácil, no había ni un solo auto. Cruzar la calle le despejó la mente.  Pero no le duró mucho, no más de cinco o seis pasos y de nuevo Ana.  Se alentó a sí mismo y se recordó que ya era grande... O debería serlo. Pensaba y pensaba, pero el miedo siempre vencía. Iba a quedar como un idiota si ella le decía que no sentía lo mismo. Y ya había sufrido bastante amándola en secreto. No quería que su corazón terminara de romperse. Prefería conformarse con la incertidumbre de no saber, antes de arriesgarse a recibir un frío “no” que se clavara en su pecho como un flechazo de indiferencia. Y ya sólo quedaba una cuadra.
Cruzó la calle y su corazón se detuvo por un instante. Sí, el kiosco estaba abierto, pero tres perros daban vueltas por la zona. Y pocas cosas le asustaban tanto como los perros. Quieto en el lugar, comenzó a traspirar –un poco más de lo que ya estaba-. Dudó si avanzar a o no, pero decidió volver a su casa. No se iba a arriesgar a pasar por al lado de semejantes perros.  No había recorrido ni un cuarto de cuadra cuando se dio cuenta que había salido de su casa por chocolates y que no podía volverse sin ellos. Y menos porque unos perros bloqueaban el paso, era algo bastante idiota. Era una actitud de niño, y él no era un niño.
Giró de nuevo y volvió a caminar en dirección al kiosco. Con el pulso acelerado y las manos y la frente llenas de sudor comenzó a acercarse despacio a los perros. Uno de ellos ladró, no hacía él, pero fue suficiente para que se sobresaltara. No podía dejar que el miedo le impidiera alcanzar su objetivo. En fin, era un poco de sufrimiento para conseguir lo que tanto quería: el chocolate. Siguió caminando, cada vez más asustado, pero cada vez más cerca de la puerta del kiosco. Otro perro comenzó a moverse y cruzó por delante de él. Si el ladrido lo había asustado, tener al perro a menos de medio metro lo había paralizado por completo. Casi lo hace volver, pero no quería quedar como un niño.  Diez metros más y alcanzaba la entrada al negocio. Sólo diez metros. Una señora abrió la puerta y salió del interior sosteniendo una bolsa con una botella de agua y más cosas que no se distinguían desde lejos. Mariano aceleró el paso y los tres perros ladraron al mismo tiempo. Dio dos zancadas veloces y abrió todavía más velozmente la puerta. Ya estaba adentro. Sentía como su corazón se salía del pecho, escuchaba su latido. Pero había llegado, había demostrado que no era más un niño.
Se acercó hasta el mostrador y saludó amablemente al kiosquero.
-Hola, Don Pablo ¿Cómo anda?
-Bien, ¿Vos, Marianito? Cada día más grande eh…
-Bien –contestó sonriendo- vengo a buscar un chocolate. Quiero ese de ahí.
Don Pablo le acercó la tableta de chocolate blanco con la superficie negra, el que más le gustaba a Mariano. Pagó y empezó a caminar para salir del negocio. Y justo en el instante antes de abrir la puerta, se dio vuelta y le dijo: “¿Sabe? Mejor me llevo uno más, creo que mañana voy a necesitarlo.”