domingo, 29 de enero de 2012

Tres de la mañana y el sueño ni se asoma. Ya ni siquiera puedo echarle la culpa a alguna chica. Ahora nadie me quita el sueño. Tal vez sea un poco más feo, pero seguro más feliz, aunque sea pasajeramente.
Pero pensandolo bien, el insomnio sería bastante más lindo si alguien estuviera ahora a mi lado para abrazarme y besarme. Creo que estoy empezando a recordar por qué sufría tanto buscándola. La buscaba porque cada noche que encuentro mi cama vacía, cada tarde que no recibo una llamada y cada mañana que no escucho a una mujer despeinada y hermosa decirme "buenos días, corazón" siento que falta la mitad de mí.

viernes, 20 de enero de 2012

Dulce y Doloroso.

Una pasión oculta entre cuatro paredes. Su sonrisa... ¡Qué lindo recuerdo! Dulce y doloroso. Su mirada... Simplemente hermosa. Oculta pero igual de fuerte, quizás más. ¿Dónde estará? ¿Qué andará haciendo? Su mirada... Simplemente hermosa. ¿Eso es una lágrima? Dulce y dolorosa. Otro golpe más al amor propio, y van... Ya perdí la cuenta. Idiota. ¿Dónde estará? ¿Qué andará haciendo? Su sonrisa... ¡Tanto tiempo que no la veo! ¿Recuerdos? Dulce y doloroso.

miércoles, 18 de enero de 2012

Amanece, algunos maldicen, se quejan del despertador; otros más afortunados duermen sin preocupaciones. Algún viejo se despierta sin querer y prende la radio AM. Un joven vuelve a su casa borracho, quizás no tanto, sonriendo y aun disfrutando de la noche que acaba de irse. Los pájaros ya están cantando hace rato y Venus se despide del cielo. La ciudad despierta, vuelven los coches a las calles y se apagan las luces; igual que tu recuerdo, ese que me hizo pasar la noche entre vueltas y vueltas, ese que me quitó el sueño, ese que me hizo ver amanecer.

lunes, 16 de enero de 2012

La Espera

Micaela sacó de su bolso un pequeño tesoro: una botella de agua. El calor era insoportable. Las gotas de transpiración caían por su cara que miraba con una mezcla de ansiedad y tedio hacia el horizonte. Había unos árboles a unos metros que ofrecían una seductora sombra, pero no podía alejarse mucho de su posición, era peligroso.

Miró su reloj, ya habían pasado dos horas. Se sentó en el suelo y lo observó nuevamente. Un perro pasó a su lado caminando tranquilo, con la lengua afuera, también sufriendo el calor y el fuerte sol.

Micaela levantó la cabeza, vio al perro y lo saludó. El animal no respondió. Puso sus ojos en el horizonte otra vez y una sonrisa se dibujo en su cara. Pero no, así como se formó se fue, no era él.

Sacó de nuevo el agua y tomó otro trago, el último. Mientras ponía la botella en el bolso, sintió que alguien se acercaba. Giró pensando que era el perro, pero no lo era. Había llegado alguien más hasta ese punto estratégico.

- ¿Hace mucho estás esperando? – Pregunto el nuevo compañero, un hombre de unos sesenta años.

- Un poco más de dos horas, pero con este calor parecen seis.

- Sí, nena, este verano terrible. ¡Qué sed tengo!

- Uh, ¿sabe? Justo acabo de tomar el último trago de agua, si no le convidaba – dijo Micaela con amabilidad.

- No importa, nena. Estoy acostumbrado al calor. Yo era albañil y me ha tocado varias veces trabajar horas y horas al rayo de sol, claro que era más joven, viste.

-No llega más, no puede ser esto – protestó Micaela cambiando el tema y sin dejar de mirar hacia el horizonte- Si quiere puede irse debajo de aquellos árboles y yo le aviso cuando sea el momento.

- No, no pasa nada. Estoy viejo pero todavía sigo fuerte. No me trates como un bebé. A parte, mirá. Está viniendo.

- ¡Al fin! – Exclamó Micaela con felicidad- Pensé que iba a morir acá.

- No seas exagerada, nena. Dale, subí que en un rato vamos a estar en nuestras casas.

domingo, 15 de enero de 2012

Quizás me vuelva reiterativo, rozando lo insoportable, cayendo siempre en lo mismo: el dolor que puede causar una mujer. Pero necesito seguir expresándolo, buscando una forma -que parece poco eficaz- de calmar el dolor. Qué loco que es que una mísera frase pueda amargar todo un día entero. Qué feo es ser un calculador digno de Doyle que siempre sospecha lo peor y que rara vez le erra. Qué feo es que no estés a mi lado, sonriendo y riendo, pegando tu cuerpo contra el mío.

sábado, 14 de enero de 2012

Amores Cobardes

A la mañana se levantó temprano, como todos los días. Se preparó un café, lo tomó y salió a la calle, con la vana esperanza de verla como antes, tomándose el micro, el mismo micro que él se toma todos los días. Pero ya era tarde. Había desperdiciado todas las oportunidades de hablarle que cada mañana se le habían presentado. Nunca más la había visto.

Recordó aquella vez en que tuvo su breve y única conversación con ella.

- Se te cayó una moneda - le dijo él

- Uh, ¡gracias! Tenía justo para la vuelta, me salvaste.

- de nada - contestó vergonzoso.

Mientras pensaba en ese día, se arrepentía de no haber seguido la conversación. Qué idiota había sido.

Luego, volviendo a la realidad, llegó a la parada del micro y sintió la misma sensación de angustia que sentía todos los santos días. Ella no estaba.

Mientras tanto, una chica en la ciudad estaba pedaleando hacia su trabajo. Estaba enamorada, pero tenía esas malditas ganas de no existir más. Quizás debía ser porque él ni siquiera sabía que existía. Estaba aún peor que el muchacho del colectivo.

Una espina que se va clavando, lentamente, más y más. Que comienza a dejar de ser esa leve molestia que parecía ser y se transforma en un dolor casi constante que aumenta paulatinamente a medida que pasa el tiempo. Una espina que si fuera real, y no sólo una metáfora, atravesaría la mejor armadura y haría sangrar al mejor guerrero

¿Por qué?

Sé que sólo soy un poeta de juguete, una maqueta de escritor que busca emocionarte con canciones y poemas que jamás vas a leer. Sé que lo que escribo no agita tu respiración ni acelera tu corazón, simplemente no te importa. Y no es que seas un alma despiadada con la frialdad de un bloque de hielo, sólo que mis humildes composiciones tienen un filo que no penetra tu armadura.

Sé que idealizo y pienso demasiado. Que mi corazón está bajo el déspota dominio de mi cabeza, que se lleva la mejor parte y deja las espinas.

Sé que soy un iluso que pretende poder cambiar lo establecido y amoldado cuando bien sé que ni la ayuda del mismo Hércules serviría para poder destruir esa pared que, no sé quién, construyó a tu alrededor.

Sé que la tinta es mi escudo y mi forma de atacar. Sé que sólo me defiende del monstruo que aparece cuando la luz se apaga y que me deja desprotegido de tantos otros. Sé que mi arma no lastima a quien yo quisiera, sino que golpea a inocentes. Mas no sé por qué sigo intentando.