Micaela sacó de su bolso un pequeño tesoro: una botella de agua. El calor era insoportable. Las gotas de transpiración caían por su cara que miraba con una mezcla de ansiedad y tedio hacia el horizonte. Había unos árboles a unos metros que ofrecían una seductora sombra, pero no podía alejarse mucho de su posición, era peligroso.
Miró su reloj, ya habían pasado dos horas. Se sentó en el suelo y lo observó nuevamente. Un perro pasó a su lado caminando tranquilo, con la lengua afuera, también sufriendo el calor y el fuerte sol.
Micaela levantó la cabeza, vio al perro y lo saludó. El animal no respondió. Puso sus ojos en el horizonte otra vez y una sonrisa se dibujo en su cara. Pero no, así como se formó se fue, no era él.
Sacó de nuevo el agua y tomó otro trago, el último. Mientras ponía la botella en el bolso, sintió que alguien se acercaba. Giró pensando que era el perro, pero no lo era. Había llegado alguien más hasta ese punto estratégico.
- ¿Hace mucho estás esperando? – Pregunto el nuevo compañero, un hombre de unos sesenta años.
- Un poco más de dos horas, pero con este calor parecen seis.
- Sí, nena, este verano terrible. ¡Qué sed tengo!
- Uh, ¿sabe? Justo acabo de tomar el último trago de agua, si no le convidaba – dijo Micaela con amabilidad.
- No importa, nena. Estoy acostumbrado al calor. Yo era albañil y me ha tocado varias veces trabajar horas y horas al rayo de sol, claro que era más joven, viste.
-No llega más, no puede ser esto – protestó Micaela cambiando el tema y sin dejar de mirar hacia el horizonte- Si quiere puede irse debajo de aquellos árboles y yo le aviso cuando sea el momento.
- No, no pasa nada. Estoy viejo pero todavía sigo fuerte. No me trates como un bebé. A parte, mirá. Está viniendo.
- ¡Al fin! – Exclamó Micaela con felicidad- Pensé que iba a morir acá.
- No seas exagerada, nena. Dale, subí que en un rato vamos a estar en nuestras casas.
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