miércoles, 29 de enero de 2014

Pregunto de nuevo

¿Cuánta tinta
debo usar para explicar?
¿Cuántas hojas
debo gastar para expresar?
¿Cuántos tachones
debo hacer para lograr,
para poder decirte
que todo ha cambiado,
que yo puedo,
que ya no soy el de antes?
¿Cuántas noches,
enfrentado con mi cabeza,
tengo que aguantar?
¿Cuántas lágrimas
tengo que llorar
para ahogar este dolor?
¿Cuántos atardeceres
tengo que ver
para volver a sonreír?
¿Qué va a ser de mí
si no me alcanza
la tinta para escribir,
las noches para pensar,
las lágrimas para limpiar,
las tardes para olvidar,
¿Que seré si no consigo
tenerte de nuevo?
¿Qué seré si no puedo
ver de nuevo tu sonrisa?


lunes, 13 de enero de 2014

Camilo

Camilo estaba, otra vez, sin poder decir una oración completa. La lengua se le enredaba y sus pies estaban congelados. Un sudor frío empapaba su rostro y sus manos, y me arriesgaría a decir que, aunque sutilmente, estaba temblando. Tenía calor, pero solo en su cara. Yo les puedo asegurar que el día era uno de esos en los que lo único que se quiere es llegar a casa, acostarse en la cama, tapado hasta la nariz y leer algún buen libro, o una porquería, pero leer al fin, para olvidarse del frío y de no tener una buena estufa. Pero Camilo era una manifestación de diferentes temperaturas. Frío por algún lado, calor por otros. Le costaba mantener la mirada donde debía, y cada tanto veía al resto de la gente en el parque: una señora gorda con su hijo, un hombre sentado solo en un banco que podía verse estaba esperando a alguien, y un perro con su fiel amigo linyera sentados en un árbol. Había demasiada gente, teniendo en cuenta el frío que hacía. Se hizo un silencio incómodo y Camilo casi se echa a correr. Sólo lo frenaron sus buenos modales, porque en lo que de coraje se trata, dejaba mucho que desear. Y él lo sabía. En situaciones tensas, los nervios y el miedo y las malas experiencias tomaban, sin pedir permiso, el dominio de la situación. Siempre recordaba sus más memorables y excelentes fracasos. En su primera entrevista de trabajo, a los diecinueve años – cuando aún vivía con su madre y no podía dejar a un lado los centenares de cartas de colección que tenía en su habitación, guardadas en el tercer cajón, debajo de las medias y calzones del segundo y las chucherías inútiles del cuarto -, Camilo tuvo su primer fracaso olímpico. El entrevistador no era uno de esos hombres que asustan con solo verlos. Es más, tenía pinta de buen hombre. Estaba vestido con una camisa Calvin Klein blanca y un pantalón de vestir de un color que no recuerdo de una marca que Camilo no conocía. Tenía ojos marrón claro y una sonrisa casi perfecta. Su mirada no era penetrante en absoluto. Sin embargo, Camilo estaba tan asustado que no pudo, siquiera, responder las preguntas, y a la tercer pregunta sin contestar dio media vuelta en silencio y se fue. A partir de ahí, su vida se hizo cada día más complicada cuando tenía que relacionarse con personas. Y ahí estaba, temblando de nuevo. Sin saber qué pensar, y menos qué decir. Pero aunque estaba sufriendo y a nadie en el parque parecía importarle – tampoco a la monja que acababa de llegar-, por otro lado estaba muy bien. Disfrutaba viéndola e imaginando una vida juntos, deseando escuchar alguna palabra de su dulce boca, con su tono todavía más dulce. Ella era hermosa, simpática y dos años más joven que Camilo. Estudiaba letras en la Universidad de La Plata y estaba a punto de recibirse con un promedio fuera de serie. Amaba los libros como a nada en el mundo. Usaba unos lentes con poca corrección, de color borgoña con forma rectangular, pero redondeado en las puntas. Siempre vestía poco elegante y odiaba los zapatos con taco. Amaba la lluvia y el frío. Y lo más importante, Camilo la amaba. Sentía que cada instante en silencio eran horas, días, meses… Su reloj interno parecía ir más lento que el de su muñeca, más lento que cualquier reloj en la tierra. Luego de un segundo en silencio, casi puede decir algo, sintió las palabras a punto de salir de su boca. Pero no. Siguió el aterrador silencio. Durante el siguiente segundo, imaginó cómo iban a ser sus hijos. Tres. Felipe, Magdalena y María Luz, en ese orden. Y su casa, con una sala espaciosa y bien adornada, provista de una biblioteca con tantos libros que solamente ella iba a ser capaz de conocerlos todos. Aún le quedaba tiempo para que pasara el segundo, y decidió mirarla de nuevo, perderse en sus ojos, imaginar cómo sería el tacto de su piel, soñar con esos labios, desear aún más ese cuerpo bastante alejado de la perfección, de las tapas de revistas, pero precioso. No podía pasar tres segundos en silencio, no era apropiado. Eso lo asustó todavía más y sintió cómo el estómago se le hacía, velozmente, un nudo de marinero. Quiso terminar con eso y hablar: apretó sus puños, cerró con fuerza los ojos –deseando estar en otro sitio- y abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin éxito. Se sentía totalmente frustrado, y con ganas de llorar. Intentaba no pensar en que era un idiota, un cobarde que no puede siquiera hablar en una entrevista de trabajo, pero está claro que no podía autoconvencerse. Y ya podía ver cómo otra oportunidad se le escapaba de las manos a causa de su miedo, un miedo que, parecía ser, nunca lo iba a dejar ser feliz. Pero entonces, algo sucedió. Una voz rompió el silencio que tanto escándalo había armado en Camilo. Y claramente no era su voz. Era mucho más dulce y amigable. -Me gusta que tengas miedo por todo. Vení –dijo agarrando su mano- vamos a mi casa a tomar un café, acá hace mucho frío.

domingo, 5 de enero de 2014

Un primero de enero.

No es un horario de lo más ortodoxo, tampoco mi estado. Muchos amantes snobs de la literatura me criticarían. Dirían que esto es un arte de gente seria. Qué sabrán ellos. Yo escribo porque tengo ganas de hablar sobre el amor y su hija de puta forma de ser, de rompernos las piernas ¿Como puede ser algo tan lindo y tan mierda al mismo tiempo? Bueno, vos sos algo así. O más bien, perdón, lo que yo siento por vos. Que te amo y te odio. Y te amo y cuando veo que soy un misero cuatro de copas, te odio. El amor y el alcohol, y los amigos. El dolor y la noche. Feliz año nuevo. Otro año más luchando contra el muy hijo de puta amor y contra tu hermoso, repudiable, amable e irritante histeriqueo

Aunque no lo sepas.

Aunque no lo sepas, te odio. Te odio porque me  hacés sufrir día a día, porque no existe sueño en el que no aparezcas, ni pesadilla. Te odio porque intento ignorarte, y no puedo. Porque intento desprestigiar tu hermosa sonrisa, y no me sale. Y mejor no hablo de tu piel, tan suave que las sábanas de seda de los reyes parecen pedazos de cartón. Y mi rabia nace en las raíces de tu pelo y muere en el último rebote del eco del sonido de tu voz. Nace en tu silencio y muere en el mío.

Aunque no lo sepas, te amo. Te amo porque cada día es más lindo si puedo verte, porque no existe sueño en el que no aparezcas. Te amo porque no puedo pensar en otra cosa, porque tu sonrisa ilumina la mía. Porque tu piel vuelve locas a mis manos. Y mi amor nace en las raíces de tu pelo, pero nunca muere. Nace en tu silencio y nace en tu voz.

viernes, 3 de enero de 2014

Qué elegancia la de la gente que corre desesperada

Qué elegancia la de la gente
Que corre desesperada
Siendo parte del teatro
De toda gran ciudad

Huyendo despavoridos
Del calor de sus casas
De la seguridad de la familia
Con la que eran tan felices

Qué elegancia la de la gente
Que corre desesperada
Escapando de un amor
Del deseo y su lujuria

Vos y un paraguas sin lluvia
Con una sombrilla sin soles
La arena del desierto
Y la arena del mar

Yo mirando el paisaje
De esta horrible ciudad que amo
Qué elegancia la de la gente

Que corre desesperada