lunes, 13 de enero de 2014

Camilo

Camilo estaba, otra vez, sin poder decir una oración completa. La lengua se le enredaba y sus pies estaban congelados. Un sudor frío empapaba su rostro y sus manos, y me arriesgaría a decir que, aunque sutilmente, estaba temblando. Tenía calor, pero solo en su cara. Yo les puedo asegurar que el día era uno de esos en los que lo único que se quiere es llegar a casa, acostarse en la cama, tapado hasta la nariz y leer algún buen libro, o una porquería, pero leer al fin, para olvidarse del frío y de no tener una buena estufa. Pero Camilo era una manifestación de diferentes temperaturas. Frío por algún lado, calor por otros. Le costaba mantener la mirada donde debía, y cada tanto veía al resto de la gente en el parque: una señora gorda con su hijo, un hombre sentado solo en un banco que podía verse estaba esperando a alguien, y un perro con su fiel amigo linyera sentados en un árbol. Había demasiada gente, teniendo en cuenta el frío que hacía. Se hizo un silencio incómodo y Camilo casi se echa a correr. Sólo lo frenaron sus buenos modales, porque en lo que de coraje se trata, dejaba mucho que desear. Y él lo sabía. En situaciones tensas, los nervios y el miedo y las malas experiencias tomaban, sin pedir permiso, el dominio de la situación. Siempre recordaba sus más memorables y excelentes fracasos. En su primera entrevista de trabajo, a los diecinueve años – cuando aún vivía con su madre y no podía dejar a un lado los centenares de cartas de colección que tenía en su habitación, guardadas en el tercer cajón, debajo de las medias y calzones del segundo y las chucherías inútiles del cuarto -, Camilo tuvo su primer fracaso olímpico. El entrevistador no era uno de esos hombres que asustan con solo verlos. Es más, tenía pinta de buen hombre. Estaba vestido con una camisa Calvin Klein blanca y un pantalón de vestir de un color que no recuerdo de una marca que Camilo no conocía. Tenía ojos marrón claro y una sonrisa casi perfecta. Su mirada no era penetrante en absoluto. Sin embargo, Camilo estaba tan asustado que no pudo, siquiera, responder las preguntas, y a la tercer pregunta sin contestar dio media vuelta en silencio y se fue. A partir de ahí, su vida se hizo cada día más complicada cuando tenía que relacionarse con personas. Y ahí estaba, temblando de nuevo. Sin saber qué pensar, y menos qué decir. Pero aunque estaba sufriendo y a nadie en el parque parecía importarle – tampoco a la monja que acababa de llegar-, por otro lado estaba muy bien. Disfrutaba viéndola e imaginando una vida juntos, deseando escuchar alguna palabra de su dulce boca, con su tono todavía más dulce. Ella era hermosa, simpática y dos años más joven que Camilo. Estudiaba letras en la Universidad de La Plata y estaba a punto de recibirse con un promedio fuera de serie. Amaba los libros como a nada en el mundo. Usaba unos lentes con poca corrección, de color borgoña con forma rectangular, pero redondeado en las puntas. Siempre vestía poco elegante y odiaba los zapatos con taco. Amaba la lluvia y el frío. Y lo más importante, Camilo la amaba. Sentía que cada instante en silencio eran horas, días, meses… Su reloj interno parecía ir más lento que el de su muñeca, más lento que cualquier reloj en la tierra. Luego de un segundo en silencio, casi puede decir algo, sintió las palabras a punto de salir de su boca. Pero no. Siguió el aterrador silencio. Durante el siguiente segundo, imaginó cómo iban a ser sus hijos. Tres. Felipe, Magdalena y María Luz, en ese orden. Y su casa, con una sala espaciosa y bien adornada, provista de una biblioteca con tantos libros que solamente ella iba a ser capaz de conocerlos todos. Aún le quedaba tiempo para que pasara el segundo, y decidió mirarla de nuevo, perderse en sus ojos, imaginar cómo sería el tacto de su piel, soñar con esos labios, desear aún más ese cuerpo bastante alejado de la perfección, de las tapas de revistas, pero precioso. No podía pasar tres segundos en silencio, no era apropiado. Eso lo asustó todavía más y sintió cómo el estómago se le hacía, velozmente, un nudo de marinero. Quiso terminar con eso y hablar: apretó sus puños, cerró con fuerza los ojos –deseando estar en otro sitio- y abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin éxito. Se sentía totalmente frustrado, y con ganas de llorar. Intentaba no pensar en que era un idiota, un cobarde que no puede siquiera hablar en una entrevista de trabajo, pero está claro que no podía autoconvencerse. Y ya podía ver cómo otra oportunidad se le escapaba de las manos a causa de su miedo, un miedo que, parecía ser, nunca lo iba a dejar ser feliz. Pero entonces, algo sucedió. Una voz rompió el silencio que tanto escándalo había armado en Camilo. Y claramente no era su voz. Era mucho más dulce y amigable. -Me gusta que tengas miedo por todo. Vení –dijo agarrando su mano- vamos a mi casa a tomar un café, acá hace mucho frío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario