sábado, 14 de enero de 2012

Amores Cobardes

A la mañana se levantó temprano, como todos los días. Se preparó un café, lo tomó y salió a la calle, con la vana esperanza de verla como antes, tomándose el micro, el mismo micro que él se toma todos los días. Pero ya era tarde. Había desperdiciado todas las oportunidades de hablarle que cada mañana se le habían presentado. Nunca más la había visto.

Recordó aquella vez en que tuvo su breve y única conversación con ella.

- Se te cayó una moneda - le dijo él

- Uh, ¡gracias! Tenía justo para la vuelta, me salvaste.

- de nada - contestó vergonzoso.

Mientras pensaba en ese día, se arrepentía de no haber seguido la conversación. Qué idiota había sido.

Luego, volviendo a la realidad, llegó a la parada del micro y sintió la misma sensación de angustia que sentía todos los santos días. Ella no estaba.

Mientras tanto, una chica en la ciudad estaba pedaleando hacia su trabajo. Estaba enamorada, pero tenía esas malditas ganas de no existir más. Quizás debía ser porque él ni siquiera sabía que existía. Estaba aún peor que el muchacho del colectivo.

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