Con sus doce años, Mariano estaba seguro de que ya no
era un niño. Aunque tampoco un adulto. Él sabía que estaba en esa edad confusa
en la que no se lo considera joven, ni niño, ni adulto. Nadie podría poner un
adjetivo que representara bien esa situación. Era un jueves a la tarde, ya
había vuelto de la escuela y luego de comer, su madre se había acostado a
dormir una siesta. Estaba aburrido, y nada mejor para matar el aburrimiento que comer. Quería
chocolate.
Revolvió todos los cajones de
la casa buscando. En su pieza, en la cocina, en el living, en la heladera, en
alguna mochila, no había por ningún lado. Tenía siete pesos en su billetera de
cuero, la usaba para demostrar que ya no era un niño, y pese al calor salió en
busca de un kiosco abierto para conseguir el tan preciado chocolate. Tenía menos de una hora antes de que su madre despertara y se diera cuenta que no estaba en
la casa. La última vez que había salido de casa sin su permiso… Prefería no recordarlo. Recordarlo iba a hacer
que no se animara a salir. No entendía por qué tanto escándalo, su madre le
decía que ya estaba grande.
Parecía ser una misión difícil,
a las tres de la tarde y por su barrio estaba todo o casi todo cerrado. Aunque
él conocía uno que podía apostar a que iba a estar abierto. Estaba a tres
cuadras de su casa.
Agarró su billetera de cuero,
se puso su gorra roja y salió a la calle. Afuera no había ni un alma. Los
ronquidos de su vecina, Mirta, se escuchaban desde la calle; y de la vereda de
enfrente se escuchaba la tele encendida. Además de eso, y del Falcon rojo que
pasó por la esquina, no se escuchaba ningún ruido.
Al caminar la primer cuadra,
Mariano se puso a pensar en Ana. Desde cuarto grado que estaba secretamente
enamorado de ella y nunca se había animado a decírselo. Lo había pensado muchas
veces, diseñó miles de planes e imaginó cientos
de escenarios posibles, pero nunca concretó nada. Aunque una vez estuvo cerca
de hacerlo… Era en el segundo recreo de
un día de escuela, estaban charlando Ana, dos amigas de ella, Joaquín –su amigo-
y él. Las dos amigas de Ana fuero al kiosco y Joaquín en un acto de
caballerosidad –o simplemente porque había tenido alguna historia con una de
ellas- las acompañó hasta el kiosco. Ana y Mariano quedaron solos. Se miraron y
sonrieron… Él abrió la boca, la cerró, tomó aire y la abrió de nuevo para
decirle, por fin, lo que venía guardando hace años. Pero no, le preguntó sobre la tarea de
matemática. Qué estúpido había sido…
Entre tanto ya estaba en la
esquina a punto de cruzar la calle. Fue bastante fácil, no había ni un solo
auto. Cruzar la calle le despejó la mente.
Pero no le duró mucho, no más de cinco o seis pasos y de nuevo Ana. Se alentó a sí mismo y se recordó que ya era
grande... O debería serlo. Pensaba y pensaba, pero el miedo siempre vencía. Iba
a quedar como un idiota si ella le decía que no sentía lo mismo. Y ya había
sufrido bastante amándola en secreto. No quería que su corazón terminara de
romperse. Prefería conformarse con la incertidumbre de no saber, antes de
arriesgarse a recibir un frío “no” que se clavara en su pecho como un flechazo
de indiferencia. Y ya sólo quedaba una cuadra.
Cruzó la calle y su corazón se
detuvo por un instante. Sí, el kiosco estaba abierto, pero tres perros daban
vueltas por la zona. Y pocas cosas le asustaban tanto como los perros. Quieto
en el lugar, comenzó a traspirar –un poco más de lo que ya estaba-. Dudó si
avanzar a o no, pero decidió volver a su casa. No se iba a arriesgar a pasar
por al lado de semejantes perros. No
había recorrido ni un cuarto de cuadra cuando se dio cuenta que había salido de
su casa por chocolates y que no podía volverse sin ellos. Y menos porque unos
perros bloqueaban el paso, era algo bastante idiota. Era una actitud de niño, y
él no era un niño.
Giró de nuevo y volvió a
caminar en dirección al kiosco. Con el pulso acelerado y las manos y la frente
llenas de sudor comenzó a acercarse despacio a los perros. Uno de ellos ladró,
no hacía él, pero fue suficiente para que se sobresaltara. No podía dejar que
el miedo le impidiera alcanzar su objetivo. En fin, era un poco de sufrimiento
para conseguir lo que tanto quería: el chocolate. Siguió caminando, cada vez
más asustado, pero cada vez más cerca de la puerta del kiosco. Otro perro
comenzó a moverse y cruzó por delante de él. Si el ladrido lo había asustado,
tener al perro a menos de medio metro lo había paralizado por completo. Casi lo
hace volver, pero no quería quedar como un niño. Diez metros más y alcanzaba la entrada al
negocio. Sólo diez metros. Una señora abrió la puerta y salió del interior
sosteniendo una bolsa con una botella de agua y más cosas que no se distinguían
desde lejos. Mariano aceleró el paso y los tres perros ladraron al mismo
tiempo. Dio dos zancadas veloces y abrió todavía más velozmente la puerta. Ya
estaba adentro. Sentía como su corazón se salía del pecho, escuchaba su latido.
Pero había llegado, había demostrado que no era más un niño.
Se acercó hasta el mostrador y
saludó amablemente al kiosquero.
-Hola, Don Pablo ¿Cómo anda?
-Bien, ¿Vos, Marianito? Cada día más
grande eh…
-Bien –contestó sonriendo- vengo a buscar
un chocolate. Quiero ese de ahí.
Don Pablo le acercó la tableta de
chocolate blanco con la superficie negra, el que más le gustaba a Mariano. Pagó
y empezó a caminar para salir del negocio. Y justo en el instante antes de
abrir la puerta, se dio vuelta y le dijo: “¿Sabe? Mejor me llevo uno más, creo
que mañana voy a necesitarlo.”
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