Pocos entienden el valor
de tus promesas rotas, de tus mentiras. Sólo lo entienden quienes te conocieron
y te sufrieron. Pocos entienden el dolor de ver romperse el futuro que tanto
asegurabas en cuestión de segundos, pocos conocen el ardor que producen tus
promesas al quemarse. Y los que sí, saben por qué seguimos esperando, por qué
creemos que ya pasará. Saben que nos convencemos para creer, sólo porque en
nosotros sí puede creer. Pero no es una cuestión de costumbre, cada promesa
rota duele igual que la anterior, o incluso más. Cada futuro que rompés, cada
confianza que traicionás es una daga clavada en el pecho.
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