lunes, 11 de marzo de 2013

Luz


Cada noche la situación era la misma, ella lo acompañaba casi hasta el último instante de lucidez. La mayoría de sus ideas, sin embargo, nacían luego de que se fuera. De todas formas, también le servía de gran ayuda para nutrir sus conocimientos. Creo que no hace falta aclarar que en su relación no todo era pensamientos;  era su guía en muchos aspectos, ella iluminaba sus noches. Él muchas veces no caía en cuenta de todo lo que le daba; acostumbrado a que siempre estuviera, no conocía la oscuridad que tendría si no estuviera.

Una noche, cuando él fue a buscarla, no estaba. Al principio se alarmó, pero su preocupación se esfumó rápidamente al dormirse. Ella no estaba, pero apenas si lo notaba. Durante dos noches más estuvo solo. De a poco iba sintiendo su ausencia, extrañaba tenerla a su lado siempre que la necesitaba. Y, además, era intrigante la forma en la que había desaparecido. La buscó por todos los rincones posibles e incluso por algunos no tan posibles hasta que desistió.

Una tarde, al volver de la facultad, se sentó en el sillón verde individual que había en la sala de su casa, miró la pintura de unos edificios que tenía colgada en una de las blancas paredes y se preguntó si dentro del armario había buscado. ¿Cómo podría llegar ahí ella? No lo sabía, pero se levantó y abrió sus puertas. Efectivamente ella estaba en el costado derecho cubierta con una pequeña capa de polvo.

Inmediatamente la colocó en su lugar, al lado de su cama. Él no había notado como su mundo había perdido el color que antes tenía, como su imaginación se había diezmado, ni la manera en que extrañaba a sus mundos de fantasía en los que se sumergía cada noche. No lo había notado hasta que, nuevamente, ella volvió a brillar a su lado cada noche, hasta que volvió a acompañarlo, a guiarlo, a ayudarlo a descubrir infinitos mundos y a pensar, a pensar lo que en su ausencia nunca podría haber pensado.

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