Cada noche la
situación era la misma, ella lo acompañaba casi hasta el último instante de
lucidez. La mayoría de sus ideas, sin embargo, nacían luego de que se
fuera. De todas formas, también le servía de gran ayuda para nutrir sus
conocimientos. Creo que no hace falta aclarar que en su relación no todo era
pensamientos; era su guía en muchos aspectos, ella iluminaba sus noches. Él
muchas veces no caía en cuenta de todo lo que le daba; acostumbrado a que
siempre estuviera, no conocía la oscuridad que tendría si no estuviera.
Una noche, cuando
él fue a buscarla, no estaba. Al principio se alarmó, pero su preocupación se
esfumó rápidamente al dormirse. Ella no estaba, pero apenas si lo notaba.
Durante dos noches más estuvo solo. De a poco iba sintiendo su ausencia,
extrañaba tenerla a su lado siempre que la necesitaba. Y, además, era
intrigante la forma en la que había desaparecido. La buscó por todos los
rincones posibles e incluso por algunos no tan posibles hasta que desistió.
Una tarde, al
volver de la facultad, se sentó en el sillón verde individual que había en la
sala de su casa, miró la pintura de unos edificios que tenía colgada en una de
las blancas paredes y se preguntó si dentro del armario había buscado. ¿Cómo
podría llegar ahí ella? No lo sabía, pero se levantó y abrió sus puertas.
Efectivamente ella estaba en el costado derecho cubierta con una pequeña capa
de polvo.
Inmediatamente la
colocó en su lugar, al lado de su cama. Él no había notado como su mundo había
perdido el color que antes tenía, como su imaginación se había diezmado, ni la
manera en que extrañaba a sus mundos de fantasía en los que se sumergía cada
noche. No lo había notado hasta que, nuevamente, ella volvió a brillar a su
lado cada noche, hasta que volvió a acompañarlo, a guiarlo, a ayudarlo a
descubrir infinitos mundos y a pensar, a pensar lo que en su ausencia nunca podría
haber pensado.
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