Juro que intento evitar palabras que den pena, que sólo escondan tristeza. Pero me es imposible. No puedo dejar de escribir párrafos que rueguen por un poco de tu atención, que frenen el llanto cambiándolo por garabatos en un papel.
Mientras tanto, miro el reloj y bien sé que estás despierta, igual que yo. Pero podría apostar a que en nuestras cabezas no están las mismas ideas: en la tuya, él; en la mía, vos. Saber que estás despierta lo hace todo más difícil, hace volar mi imaginación. Y vuela tan alto que me asusta.
Tu indiferencia solo alimenta mi odio y me rencor hacia todas las demás mujeres que alguna vez me dieron la espalda. Pero, al mismo tiempo, me hace desearte aún más y más. Me maldigo y maldigo al amor.
Una vez más, termino maldiciendo y quejándome. Culpándome, culpando a otros, inventando excusas, buscando explicaciones. Y quizás no haya culpables ni haya explicaciones. Simplemente este invierno es más largo que otros y sólo tengo que esperar a que cambie mi suerte.
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