Le juro que no estoy loco. Sólo fue un resbalón, una mala
reacción. Tiene que creerme, no voy a ir a ninguna clínica. No, ya le dije que
no estoy enfermo. ¿Es que usted nunca hizo algo sin pensar? Sí, sí, ya sé. Pero
si no estuviera “equilibrado emocionalmente” como dice, no podría mantener esta
conversación. Igual, no lo juzgo. No sabe ni la mitad de la historia. Sí, no
pensaba irme sin contarla.
El lunes anterior a que pasara todo esto, yo salía de mi
casa como cualquier otro comienzo de semana. Con un poco de tedio, pero
intentando llevar una sonrisa en la cara para que sea un poco más llevadero.
Quise comprar el diario en una esquina, algo que no suelo hacer. Agarré el
diario El Día y pagué con 10 pesos. El tipo me dijo que no tenía cambio. Le
dije que yo tampoco. Y luego de una larga discusión en la que yo le decía que
tenía la obligación de vendérmelo, me rendí y le dejé su diario. Sí, señor,
esto hace a la historia.
Después de la calurosa conversación, seguí con mi camino
habitual hasta la parada del micro. Cuando ya estaba sentado, un simpático
joven decidió que era buena idea musicalizar el ambiente. Era un estilo de
música que dudo tenga nombre y que contribuyó notablemente al malhumor general
del colectivo.
Creo que no pasó nada más importante hasta la noche, cuando
se cortó la luz en el medio de la cena y justo al final de una película que
estaba viendo en el cable. Enojado con la empresa de electricidad, me fui a
dormir temprano.
El martes arrancó mal. Sí, voy a relatar toda la semana. Si
no tiene ganas de escucharme, déjeme ir y ya. No, parece más loco usted que yo.
Déjeme continuar. El martes no sonó la alarma y me levanté tarde. Luego de
lanzar varios insultos al aire y a Samsung, me levanté e hice todo velozmente.
Tuve que parar un taxi, si iba en micro llegaba al trabajo para ya tener que
irme. El taxista no paraba de hablar y quejarse del gobierno. Yo asentía, sólo
para no contradecirlo. Hasta que dijo: “porque en el 77 yo manejaba el taxi y
estaba tranquilo. Sabía que no me iba a pasar nada. Necesitamos que vuelvan los
militares, la democracia ya demostró que no sirve.” No pude seguir manteniendo
el rol de pasivo y tuve que meterme de lleno en la conversación.
Me bajó en el medio del camino. Lo bueno es que no tuve que
pagar. Lo malo es que estaba llegando tarde y tuve que buscar otro taxi. Cuando
por fin llegué a la oficina, estaba llegando cuarenta minutos tarde. Al entrar,
mi jefe me dijo que me lo iba a descontar de sueldo porque muchos estaban
llegando tarde y tenía que empezar a hacerlo. Yo nunca había llegado tarde… El
día laboral fue tan monótono como largo.
Llegué a casa y cuando quise colgar la campera en el
perchero de la entrada, se cayó y rompió un pedazo de baldosa. Además de
romperse el perchero y mi campera. Pero esto no es todo, de nuevo se cortó la
luz. Aunque esta vez no durante la cena o en el final de una película, mi
malhumor crecía exponencialmente.
El miércoles me recibió con lluvia. No es que me moleste la
lluvia, pero si me molestaba no tener campera. Como todas las mañana empecé a
prepararme le desayuno. Puse agua a calentar, y agarré el paquete de tostadas.
De esas que ya vienen hechas. Fui a buscar el tarro de café y no había más. No,
no le estoy tomando el pelo. Cuando lea lo que el hombre ese está escribiendo,
se va a dar cuenta que nada de lo que digo carece de sentido. Ya le dije que no
estoy loco. Como le decía, no había más café. Así que fui a buscar un saquito
de té, que tampoco había. Apagué el agua, comí dos tostadas sin nada y me fui a
trabajar, sabiendo que allí iba a poder tomarme el infaltable café de la
mañana.
Salí a la calle y llovía como pocas veces había visto, y yo
sin campera ni paraguas. Completamente mojado subí al colectivo. Y otra vez
estaba el alegre muchacho que musicalizaba el ambiente, orgulloso de los
parlantes de su celular. Los demás pasajeros se miraban y, sin hablar,
planeaban diferentes maneras de asesinarlo en conjunto. Una señora que al
parecer estaba un poco más irritada que el resto, le pidió por favor, con toda
amabilidad, que apagara la música. El muchacho la miró, puso cara de póker y
siguió sin hacer caso. Mi parada llegó y pude bajarme antes de que se iniciara
una guerra en el interior.
El mi escritorio había montañas de papeles, tenía tanto para
hacer… Me serví una taza de café y empecé con mis obligaciones de hombre
adulto. Estaba muy concentrado cuando fui interrumpido por mi jefe. Miraba con
cara de preocupado. “Por unos meses nos vamos a tener que ver obligados a
bajarte el sueldo. No es solo a vos, lo estamos haciendo con varios empleados.”
Bueno, ¿qué le vamos a hacer, no? Después de todo casi que llegaba a fin de
mes.
La jornada terminó y salí con más frustración que otra cosa.
Para colmo, seguía lloviendo y yo sin paraguas ni campera. En la esquina, un
hijo de puta no vio que había un charco y con las ruedas de su hermoso auto
mojó las partes de mi cuerpo que aún no estaban mojadas.
Así llegué a mi casa, hecho una sopa, sabiendo que iba a
cobrar un veinticinco porciento menos durante un tiempo indeterminado, quizás
para siempre y que no podía hacer nada con eso porque, realmente, la empresa
estaba a punto de quebrar. Lo único que faltaba era quedarme sin trabajo.
Cuando estaba entrando al departamento, oigo que me llaman.
“¿En serio me está diciendo?”… “¿A partir de cuándo?” … “¿El mes que viene? No
creo que pueda pagarlo, acaban de bajarme el sueldo en el trabajo.” “Ya sé que
no es su problema… Pero… Entiéndame…”
Por supuesto, no entendió. Esa noche no cené. Apagué todo a
las siete de la tarde y así como así me
dormí hasta el otro día.
El jueves seguía lloviendo. Y seguía sin café. Resoplando y
sin desayunar salí de mi casa hacia la parada del micro. Pero la calle estaba
cortada, así que tuve que caminar cuatro cuadras más. Debajo de la lluvia, cada
vez más fuerte. Aunque, debo ser sincero, ya me había resignado a empaparme.
El día en el trabajo fue normal, nada de bajas de sueldo.
Uno como cualquier otro. Allí, por suerte, pude tomar mi café. Además, decidí
que debía, así como habían reducido mi sueldo, reducir mi rendimiento. No iba a
trabajar lo mismo por menos, y ni hablar de hacerlo con el humor de perros que
tenía.
Antes de entrar al edificio, decidí por fin ir a comprar el
café, algo para comer, una cerveza para calmar las aguas y seguro que algo más.
En el supermercado había más gente de la que uno puede imaginar que puede
llegar a haber en un lugar así. Sin embargo, entré. Fui directo a la góndola
del café. Y, para completar con la seguidilla y no perder la costumbre, no
había. Le pedí a un muchacho con uniforme del negocio. “Si no hay ahí, no hay.”
Seguí caminando en busca de la mermelada para mis tostadas.
Agarré el frasco de mermelada de durazno y seguí caminando. Pero no mucho más,
una señora, -por no decirle vieja de mierda- se dio vuelta, me chocó y el
frasquito se escapó de entre mis dedos y terminó destrozado en el suelo del
supermercado. “¿No me vas a pedir perdón?” Y usted dice que estoy loco…
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