David había podido
sacarla de su cabeza, pero no. Su mirada había perdido el filo que antes tenía.
No, no lo había perdido. Se había escondido (¿o él no lo quería ver?). Lo que
había sentido, pensado, reído y llorado estaba ahora en papeles, en nuevas
canciones, en algún acorde o un arpegio, una melodía. Pero bien sabía que ese
filo ahora perdido estaba en algún cajón de su memoria, listo para salir al ver
la primera señal. Listo para salir y cortar de nuevo, lastimar. Listo para
abrir los ojos durante la noche, para no parar de dar vueltas en la cama. Listo
para odiar y amar.
Tantos recovecos
tiene la cabeza, tan complicada. De la mano el amor y el dolor. De la mano el
amor y la distancia. Alcohol para el dolor, dolor para el amor y amor al dolor.
Alcohol para el raspón en la rodilla y alcohol para el amor, para el dolor.
Amor, dolor, alcohol. Llanto, risa, dolor, alcohol, amor. Un amigo, un consejo,
una sonrisa y un abrazo. Y la noche… La noche y los corazones. La debilidad y
ellos. Ella y él. Él y ella. Ella y el otro. El otro. Otro lado. Un lado ella,
otro lado él. La noche y llantos otra vez, alcohol y dolor. Otra noche sin
dormir, y van…
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