lunes, 4 de noviembre de 2013

De los verdes, el ruido y vos

Nunca fui regular en esos lugares. Sólo voy cuando tengo cierta obligación moral de hacerlo, si no intento huir. A mucha gente le divierte, a mí más bien me deprime. Las pocas veces que fui –para cumpleaños de amigos o fiestas organizadas por ellos- en lo único que podía pensar era en irme, y miraba atento el reloj esperando a que fuera una hora no tan desubicada de largarme.
Pero cuando me dijiste que vos ibas a ir… De repente esa era la mejor opción, nada podía superarla. Así que comencé a revolver cajones, buscando la vestimenta apropiada, lo que entonara más con la situación; y por supuesto lo que podía llegar a gustarte más. Todo lo hacía por vos.
Por fin llegué a ese infierno, a ese mar de gente sudada y calor. Y te buscaba… Te encontraba y te perdía… Me es imposible borrarme de la cabeza cuando te vi por primera vez entre el tumulto de la gente, si es que eso era gente. Caras tapadas, todos vestidos de verde, siguiendo una especie de coreografía un poco desorganizada. Yo podía sentir cómo me miraban, como un león mira a una gacela antes de correr hacia ella. Me sentía intimidado por sus máscaras, su uniforme y su movimiento cual títeres. Pero en el medio de todo eso, estabas vos con un vestido negro que quería convencer a mis ojos de que estabas aún más hermosa que de costumbre.
Nos vimos y yo te clavé mis ojos, ansiosos por encontrarte. Vos me miraste, o me tiraste con una bola de nieve, no estoy seguro. Sentía como un frío antártico venía hacia mí desde tus ojos, congelando todo alrededor. Incluso muchos de los verdes se apartaron por el frío. No era solo sensación mía.
Me saludaste. Yo temblaba de frío –y de miedo- pero hacía un gran esfuerzo por soportarlo. Te pregunté cómo andabas, me dijiste “bien” y diste media vuelta llevándote con vos al frío y creo que alguna parte de mí.
¿Había sido todo en vano? ¿Me había esforzado en venir a este galpón, con esta gente tan extraña –que seguía mirando de forma amenazadora- sin poder conseguir siquiera una sonrisa? No iba a dejar que eso fuera así y, fiel a mi estilo, comencé a pensar y a intentar armar una estrategia para robarte una sonrisa.
Comencé a recorrer el lugar, un poco asustado. Sonaba una música extraña y había de esos verdes por todos lados. Algunos tenían máscaras diferentes, pero todos con la misma ropa. Se me ocurrió que quizás se debía a rangos, o distintas clases sociales de su organización. Pero no sé si tendrá algo que ver, quizás simplemente las eligen.
No hacía más de cuatro minutos que estaba caminando cuando cometí un gran error. Me metí entre medio de varios verdes y quedé acorralado. Creí que iba a morir. Me observaban y hablaban entre ellos. Discutían, supongo que sobre mí. Y yo estaba callado, cada vez me sentía más pequeño, en el centro de un círculo de verdes. La discusión duró 6 minutos contados segundo a segundo con mis dedos y vaya a saber uno por qué, me dejaron seguir caminando. Quizás querían ver cómo me comportaba, una especie de curiosidad científica.
Al salir del círculo, comencé a sentir nuevamente el frío y supe que estabas cerca. Y te vi, tu vestido negro se distinguía fácilmente y tu cara brillaba por sobre las caretas de los verdes. Me acerqué a vos.
- Hola, te estaba buscando –dije
Solo me miraste.
- ¿Cómo andás? –pregunté
Y te quedaste callada, sin hacer nada. Mirándome, o apuntando tus ojos hacia mí. Yo esperaba la respuesta, pero no llegaba. Seguís ahí, como tildada. No lograba comprenderlo. El primer minuto fue extraño, llegué a pensar que te había pasado algo. Pero me di cuenta que tu cara no mostraba ningún signo de dolor o sufrimiento. Y, sinceramente, yo seguía preocupado por las miradas –que todavía seguían- amenazantes de los verdes. Pero, amigos, quince minutos en una misma posición no es algo normal. Y menos normal es quedarse viendo cómo no te responden.
Pero a los diecisiete minutos te decidiste a responder.
- ¡Bien! – dijiste con tono alegre
- ¿Hace mucho estás acá?
- No, llegué hace una hora. Hora y media cuanto mucho.
Se hizo un breve silencio.
- ¿Sabés algo de los verdes?
- ¿Qué verdes? – preguntaste sorprendida
- De los viernes, si también abre este lugar los viernes. – dije para no quedar como un idiota que veía cosas que no existen
- ¡Ah! A veces abre, pero para ocasiones especiales. En general no.
- Qué lástima, me gusta mucho este lugar –mentí para quedar bien
Y otra vez te quedaste callada, sin moverse siquiera. Empecé a pensar si en realidad no querías hablarme y por eso quedabas dura, sin responder hasta que sentías pena por mí y decías algunas palabras para complacerme. Yo todavía necesitaba tu sonrisa.
Nuevo récord, ya habían pasado más de diecisiete minutos y seguías en la misma posición, con la misma expresión. Yo estaba pensando un plan de escape, por si los verdes, de repente, querían matarme. No estaba seguro de lo que podía pasar con ellos. Cuando me habían encerrado había sido todo muy extraño y complicado de entender. Sobre todo por el idioma extraño en el que hablaban y la música extraña que nunca dejaba de sonar.
Media hora.
- Es muy divertido. Pasa muy buena música y la gente es muy buena onda- dijiste
Yo no sabía qué decir, no podía entender cómo podía decir eso de los verdes y de su música estrambótica. Pero había que seguirle la corriente.
- Sí, no sé por qué no vengo tan seguido. La estoy pasando muy bien.
No fue necesario que pasara un segundo de terminar de decir eso para que todos los verdes decidieran mirarme, con un aire aún más amenazador que antes.
-Me alegra. –dijiste- Sabía que la ibas a pasar bien, por eso te dije que vengas.
Los verdes seguían acechando.
- Pero, tengo que irme – le dije casi con voz de sufrimiento-. Me quedaría más tiempo, pero me están esperando afuera.
Los verdes estaban comenzando a caminar lentamente hacia mí. Tenía que irme rápido.
-Me voy, pero no sin antes decirte que estás muy linda hoy. Muy linda. Adiós.
Sonrió. Yo sonreí –y eso que se acercaban los verdes-.
Comencé a correr, pero ellos seguían a la misma velocidad. Me escabullí entre los pocos espacios que quedaban y con mi objetivo conseguido salí a la calle, donde ya no había verdes. Pero tampoco estaba ella. Aunque tenía en mi memoria guardada su sonrisa, algo que se iba a apropiar de mis sueños por un buen tiempo.


domingo, 27 de octubre de 2013

Un mate y una foto

Se lava la yerba mientras repaso viejas fotos el calor del hogar, la verdad es que te extraño Respiro ese olor a mate y siento el sabor apagado de la última cebada. Recuerdo tu sonrisa. Miro el teléfono en silencio que descansa abandonado no puedo ubicarte solo quiero abrazarte. Con una foto me corto y con el mate me quemo ya parece tu recuerdo en una noche de invierno Quiero verte otra vez con tu equipaje en mano bajando de ese avión y corriendo hacia mi encuentro Nunca tuve tanto miedo como esta vez a la distancia ¿Seguirás pensando en mí? ¿Qué andarás haciendo? Y cambio la yerba y caliento un poco el agua miro la ventana y de nuevo alguna foto Las hojas caen afuera y mi tiempo no pasa cebo otro mate la verdad es que te extraño

sábado, 19 de octubre de 2013

Le juro que no estoy loco.

Le juro que no estoy loco. Sólo fue un resbalón, una mala reacción. Tiene que creerme, no voy a ir a ninguna clínica. No, ya le dije que no estoy enfermo. ¿Es que usted nunca hizo algo sin pensar? Sí, sí, ya sé. Pero si no estuviera “equilibrado emocionalmente” como dice, no podría mantener esta conversación. Igual, no lo juzgo. No sabe ni la mitad de la historia. Sí, no pensaba irme sin contarla.
El lunes anterior a que pasara todo esto, yo salía de mi casa como cualquier otro comienzo de semana. Con un poco de tedio, pero intentando llevar una sonrisa en la cara para que sea un poco más llevadero. Quise comprar el diario en una esquina, algo que no suelo hacer. Agarré el diario El Día y pagué con 10 pesos. El tipo me dijo que no tenía cambio. Le dije que yo tampoco. Y luego de una larga discusión en la que yo le decía que tenía la obligación de vendérmelo, me rendí y le dejé su diario. Sí, señor, esto hace a la historia.
Después de la calurosa conversación, seguí con mi camino habitual hasta la parada del micro. Cuando ya estaba sentado, un simpático joven decidió que era buena idea musicalizar el ambiente. Era un estilo de música que dudo tenga nombre y que contribuyó notablemente al malhumor general del colectivo.
Creo que no pasó nada más importante hasta la noche, cuando se cortó la luz en el medio de la cena y justo al final de una película que estaba viendo en el cable. Enojado con la empresa de electricidad, me fui a dormir temprano.
El martes arrancó mal. Sí, voy a relatar toda la semana. Si no tiene ganas de escucharme, déjeme ir y ya. No, parece más loco usted que yo. Déjeme continuar. El martes no sonó la alarma y me levanté tarde. Luego de lanzar varios insultos al aire y a Samsung, me levanté e hice todo velozmente. Tuve que parar un taxi, si iba en micro llegaba al trabajo para ya tener que irme. El taxista no paraba de hablar y quejarse del gobierno. Yo asentía, sólo para no contradecirlo. Hasta que dijo: “porque en el 77 yo manejaba el taxi y estaba tranquilo. Sabía que no me iba a pasar nada. Necesitamos que vuelvan los militares, la democracia ya demostró que no sirve.” No pude seguir manteniendo el rol de pasivo y tuve que meterme de lleno en la conversación.
Me bajó en el medio del camino. Lo bueno es que no tuve que pagar. Lo malo es que estaba llegando tarde y tuve que buscar otro taxi. Cuando por fin llegué a la oficina, estaba llegando cuarenta minutos tarde. Al entrar, mi jefe me dijo que me lo iba a descontar de sueldo porque muchos estaban llegando tarde y tenía que empezar a hacerlo. Yo nunca había llegado tarde… El día laboral fue tan monótono como largo.
Llegué a casa y cuando quise colgar la campera en el perchero de la entrada, se cayó y rompió un pedazo de baldosa. Además de romperse el perchero y mi campera. Pero esto no es todo, de nuevo se cortó la luz. Aunque esta vez no durante la cena o en el final de una película, mi malhumor crecía exponencialmente.
El miércoles me recibió con lluvia. No es que me moleste la lluvia, pero si me molestaba no tener campera. Como todas las mañana empecé a prepararme le desayuno. Puse agua a calentar, y agarré el paquete de tostadas. De esas que ya vienen hechas. Fui a buscar el tarro de café y no había más. No, no le estoy tomando el pelo. Cuando lea lo que el hombre ese está escribiendo, se va a dar cuenta que nada de lo que digo carece de sentido. Ya le dije que no estoy loco. Como le decía, no había más café. Así que fui a buscar un saquito de té, que tampoco había. Apagué el agua, comí dos tostadas sin nada y me fui a trabajar, sabiendo que allí iba a poder tomarme el infaltable café de la mañana.
Salí a la calle y llovía como pocas veces había visto, y yo sin campera ni paraguas. Completamente mojado subí al colectivo. Y otra vez estaba el alegre muchacho que musicalizaba el ambiente, orgulloso de los parlantes de su celular. Los demás pasajeros se miraban y, sin hablar, planeaban diferentes maneras de asesinarlo en conjunto. Una señora que al parecer estaba un poco más irritada que el resto, le pidió por favor, con toda amabilidad, que apagara la música. El muchacho la miró, puso cara de póker y siguió sin hacer caso. Mi parada llegó y pude bajarme antes de que se iniciara una guerra en el interior.
El mi escritorio había montañas de papeles, tenía tanto para hacer… Me serví una taza de café y empecé con mis obligaciones de hombre adulto. Estaba muy concentrado cuando fui interrumpido por mi jefe. Miraba con cara de preocupado. “Por unos meses nos vamos a tener que ver obligados a bajarte el sueldo. No es solo a vos, lo estamos haciendo con varios empleados.” Bueno, ¿qué le vamos a hacer, no? Después de todo casi que llegaba a fin de mes.
La jornada terminó y salí con más frustración que otra cosa. Para colmo, seguía lloviendo y yo sin paraguas ni campera. En la esquina, un hijo de puta no vio que había un charco y con las ruedas de su hermoso auto mojó las partes de mi cuerpo que aún no estaban mojadas.
Así llegué a mi casa, hecho una sopa, sabiendo que iba a cobrar un veinticinco porciento menos durante un tiempo indeterminado, quizás para siempre y que no podía hacer nada con eso porque, realmente, la empresa estaba a punto de quebrar. Lo único que faltaba era quedarme sin trabajo.
Cuando estaba entrando al departamento, oigo que me llaman. “¿En serio me está diciendo?”… “¿A partir de cuándo?” … “¿El mes que viene? No creo que pueda pagarlo, acaban de bajarme el sueldo en el trabajo.” “Ya sé que no es su problema… Pero… Entiéndame…”
Por supuesto, no entendió. Esa noche no cené. Apagué todo a las siete de la tarde y así como así  me dormí hasta el otro día.
El jueves seguía lloviendo. Y seguía sin café. Resoplando y sin desayunar salí de mi casa hacia la parada del micro. Pero la calle estaba cortada, así que tuve que caminar cuatro cuadras más. Debajo de la lluvia, cada vez más fuerte. Aunque, debo ser sincero, ya me había resignado a empaparme.
El día en el trabajo fue normal, nada de bajas de sueldo. Uno como cualquier otro. Allí, por suerte, pude tomar mi café. Además, decidí que debía, así como habían reducido mi sueldo, reducir mi rendimiento. No iba a trabajar lo mismo por menos, y ni hablar de hacerlo con el humor de perros que tenía.
Antes de entrar al edificio, decidí por fin ir a comprar el café, algo para comer, una cerveza para calmar las aguas y seguro que algo más. En el supermercado había más gente de la que uno puede imaginar que puede llegar a haber en un lugar así. Sin embargo, entré. Fui directo a la góndola del café. Y, para completar con la seguidilla y no perder la costumbre, no había. Le pedí a un muchacho con uniforme del negocio. “Si no hay ahí, no hay.”
Seguí caminando en busca de la mermelada para mis tostadas. Agarré el frasco de mermelada de durazno y seguí caminando. Pero no mucho más, una señora, -por no decirle vieja de mierda- se dio vuelta, me chocó y el frasquito se escapó de entre mis dedos y terminó destrozado en el suelo del supermercado. “¿No me vas a pedir perdón?” Y usted dice que estoy loco…


viernes, 11 de octubre de 2013

Te voy a esperar, deberías saberlo. Te voy a esperar mientras siga viéndote,  mientras sigas sonriendo como lo haces y no pueda sacarte mis ojos de encima. Nada tiene sentido, solo esperarte.

Aunque ni siquiera si desaparecieras de repente,  si me fuera lejos o si te subieras a ese avión dejaría de esperarte y de buscar excusas para hablar con vos, para saber como estas, para asegurarme de que nunca se borre tu sonrisa, para intentar hacerte entender que no existe otra sino vos.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Maldigo

Juro que intento evitar palabras que den pena, que sólo escondan tristeza. Pero me es imposible. No puedo dejar de escribir párrafos que rueguen por un poco de tu atención, que frenen el llanto cambiándolo por garabatos en un papel.
Mientras tanto, miro el reloj y bien sé que estás despierta, igual que yo. Pero podría apostar a que en nuestras cabezas no están las mismas ideas: en la tuya, él; en la mía, vos. Saber que estás despierta lo hace todo más difícil, hace volar mi imaginación. Y vuela tan alto que me asusta.
Tu indiferencia solo alimenta mi odio y me rencor hacia todas las demás mujeres que alguna vez me dieron la espalda. Pero, al mismo tiempo, me hace desearte aún más y más. Me maldigo y maldigo al amor. Una vez más, termino maldiciendo y quejándome. Culpándome, culpando a otros, inventando excusas, buscando explicaciones. Y quizás no haya culpables ni haya explicaciones. Simplemente este invierno es más largo que otros y sólo tengo que esperar a que cambie mi suerte.

miércoles, 24 de julio de 2013

Uno, cuatro o cinco.

Siempre es bueno un café, incluso éste, que es el cuarto que tomo. ¿O es el quinto? No, definitivamente es el primero. La pava estaba caliente, pero no recuerdo haber tomado otro café hoy. Quizás estaba caliente por estar cerca de la hornalla donde cociné. No sé, no es importante. Tampoco es trascendental contar que afuera llueve y hace mucho frío, pero algunos detalles pueden servir para que me sigan. Por ejemplo, ayer manché el mantel con aceite y rompí un vaso. Y hoy no hice nada más que tomar café –pero si tomé uno solo...- y mirar por la ventana. Ver como llueve y agarrar el maldito teléfono que me invita a llamarte. Pero sé que es inútil y que no vas a atender. Ya intenté, por eso lo sé. Más temprano probé en llamarte –miento, sólo tomé un café y miré por la ventana- y no contestaste. Si sólo supieras lo que sufro cada vez que me ignorás, cada vez que caés en otros brazos, cada sonrisa que no es para mí, cada noche que no estás conmigo.
 Si sólo lo supieras… Pero no me dejás contártelo, no contestás el puto teléfono. ¿Por qué? ¿Acaso tenés miedo de escuchar la verdad? Puras tonterías mías, cómo si yo te importara. Sé que alguna vez te importé, por eso me pediste que comprara esas tazas tan horribles que a vos te gustaban; en un momento llegué a pensar que vendrías seguido a casa, y tendría que llenar más la pava, usar más café, que no iba a mirar solo la ventana y que, quizás, nunca más volvería  llover.
Pero no, sólo fue puro capricho de querer que comprara unas tazas que sólo a vos te pueden llegar a gustar. Aunque ahora que las tengo, me encantan. Creo que porque en el reflejo de la luz a veces veo tus manos, o en el café suelo sentir el olor del perfume de tu piel. Y me encanta.
Uh, el agua. Siempre me olvido el agua. En realidad, siempre me olvido de todo. Me olvido de sacar la basura y me olvido de ver el mismo programa en la tele una y otra vez. Creo que varios dentistas me han insultado por no ir a mis turnos, y dejé de ir al psicólogo porque creo que el tipo había empezado a odiarme por faltar siempre. Aunque tenía que pagarle igual, no sé por qué podría enojarse. Cobraba sin trabajar… Qué se yo.

Qué asco este café. La pava todavía está caliente, seguro que es por todos los cafés que tomé. Este debe ser el cuarto. O el quinto.

sábado, 13 de julio de 2013

Todo calla

Siento que al mirar tus ojos
Marrones, oscuros y profundos
Tu piel suave e impecable,
Todas las aves del mundo
Emprenden el camino de vuelta
Y llegan a casa, 
con la nostalgia del que vuelve.
Siento que todas las flores del mundo
Deciden morir
Y volver a nacer en tu pelo
Que se apaga el rumor del mar
Y la sal se pega en nuestra piel
Cuando miro atento tus ojos
Se me olvida para qué estoy
O por qué me fui
Cuando escucho tu dulce voz
Suenan las más hermosas melodías
Cantan los mejores pájaros
-Los más fuertes y coloridos-,
Suenan afinados instrumentos
Y todo el resto calla.
Cada vez que vuelvo a vos
-Aunque nunca me vaya-
Pierdo todo lo que tengo
Y lo cambio por locura