lunes, 24 de septiembre de 2012
Otra vez el mismo, que viene y no se cansa. Otra vez yo. Que vuelvo y vuelvo. Tratando de convencerte con mis inútiles planes y mi poesía descartable. Torpe y con el pulso acelerado cada vez que me acerco, triste y con los hombros bajos cada vez que me alejo. Vuelvo y vuelvo inútilmente, con mi tonta esperanza. Y yo sé que necesito volver, porque me canso de verte cada día, cada tarde y cada noche apareciendo en mi mente.
jueves, 19 de julio de 2012
Cada día me
decepciono más. Nuevos fracasos, nuevos futuros que se rompen. Estúpido que
sueña, estúpido que se ilusiona, estúpido que ama. ¿Para qué amar? Todo sería
tan fácil… Dueño de un corazón que no se cansa de chocarse con paredes, de
clavarse estacas. Dueño de una cabeza que busca imposibles, tan extraña y
rebuscada, una cabeza que siempre quiere lo mismo por más de que jamás lo
consiga.
Y acá
estoy, de nuevo, refugiándome en el papel, creyendo que algún día de esto algo
bueno va a salir… Y otra vez, creyendo, soñando. ¿Para qué? si siempre termina
igual.
Ya ni tinta
ni borrones, ni lágrimas ni risas. Ya nada me queda. Sólo una cara de póker,
sin gestos, sin emociones y una espina que se clava más y más, cada noche más y
más.
Pero… Si es
tan linda la noche. La Luna ,
las estrellas, la inmensidad del Universo y sus misterios. ¿Por qué de noche
siempre? ¿Por qué? Si es tan linda…
miércoles, 18 de julio de 2012
Al Acecho
El cielo ya estaba iluminado por la Luna y las estrellas. No sé
si recuerdo alguna noche tan fría como esa.
Martín no bajaba la guardia. Miraba en todas direcciones con ojos vigilantes. La había tenido tan cerca... Casi había podido. Pero se había escapado y ahora...
Las horas pasaban. Martín estaba muy cansado pero era imposible dormir, imposible con ella acechando. Primero acechador y ahora, ¿presa? Sí, tenía miedo.
Recordaba otras noches iguales a esa. Hasta ahora su habilidad de vigilancia y su velocidad nunca le habían fallado. Pero siempre puede haber una primera vez... Y si no queremos que llegue es todavía peor.
Las horas pasaban. Martín estaba muy cansado pero era imposible dormir, imposible con ella acechando. Primero acechador y ahora, ¿presa? Sí, tenía miedo.
Recordaba otras noches iguales a esa. Hasta ahora su habilidad de vigilancia y su velocidad nunca le habían fallado. Pero siempre puede haber una primera vez... Y si no queremos que llegue es todavía peor.
Pensaba en esa noche
de niño, cuando tuvo que dormir con su madre porque todavía la película de
terror seguía molestando en su cabeza. Pensaba y comparaba... Sí, eran
sensaciones similares; pero ahora ya no era más un chico, no podía estar tan
asustado, era un hombre. Los hombres no tienen miedo. No los verdaderos.
Pero de nuevo su mente se concentraba exclusivamente en encontrarla. ¿Y si había más que no había visto? No, no podía ser. Además, era mejor pensar en positivo. Siempre es mejor, y más en estos momentos de tensión.
La bestia esperaba, sabía que descubrirse era sinónimo de muerte. Sabía que Martín estaba al acecho y, para colmo, armado.
Pero de nuevo su mente se concentraba exclusivamente en encontrarla. ¿Y si había más que no había visto? No, no podía ser. Además, era mejor pensar en positivo. Siempre es mejor, y más en estos momentos de tensión.
La bestia esperaba, sabía que descubrirse era sinónimo de muerte. Sabía que Martín estaba al acecho y, para colmo, armado.
La fiera también
recordaba momentos pasados. Pensaba en la casa donde nació y lo feliz que era.
Y ahora acá, a punto de morir. O quizás podría escapar...
No era mala, pero su
aspecto no le jugaba a favor. Patas peludas y poco carnosas, varios ojos,
también rodeados por pelos y un cuerpo desproporcionado. Lamentaba su
apariencia, ella quería ser feliz.
Ya había pasado más
de media hora y Martín seguía agazapado, buscando por toda la habitación. De
pronto pudo verla, o vio un movimiento de ella. Sí, era. Allá está. No quiso
esperar más, dobló aún más la revista nº 12 de decoración de interiores, llevó
su brazo hacia atrás y velozmente-con los ojos cerrados- golpeó al pobre bicho
que ser había escondido muy bien -aunque no lo suficiente- entre la mesita de
luz y la pared.
Sus seis patas, sus ojos y su desproporcionado cuerpo quedaron estampados contra la pared. Martín no quiso sacarla, prefirió conservarla como un trofeo de cacería. Al fin podía dormir tranquilo.
Sus seis patas, sus ojos y su desproporcionado cuerpo quedaron estampados contra la pared. Martín no quiso sacarla, prefirió conservarla como un trofeo de cacería. Al fin podía dormir tranquilo.
martes, 12 de junio de 2012
domingo, 20 de mayo de 2012
- Adentro y cállese- dijo el guardia empujándolo adentro de la celda.
El reo lo miró, en sus ojos se veían el miedo y el odio. El hombre cerró la puerta y la luz se apagó. Dentro de la celda estaba completamente oscuro, no había nada ni nadie.
Crimen imperdonable, pecado inhumano. Ahora estaba encerrado en una habitación tan horrible como sus últimas acciones. Sin luz, sin compañía, sin ninguna distracción posible. Y tendría que esperar allí mucho tiempo, seguro, no lo sabía. Es más, dudaba si algún día iba a poder salir.
Recordaba el color verde del pasto, el celeste tan profundo del cielo, recordaba los sonidos de la naturaleza: la música de los pájaros, los quejidos de los insectos y las conversaciones de los perros. Ya la extrañaba. Pensó en ella y en cómo disfrutaba tocándola, como lo llenaba de placer. Se imaginaba tocándola, poseyéndola y siendo poseído; sus dedos sentían su suave tacto que solía lastimarlos llenando aún más de placer la situación. Recordaba la felicidad que le daba ser un humilde imitador de la naturaleza. Pensando y recordando, sentado en un rincón, lloró hasta quedarse dormido.
Se despertó, dolorido, con la voz de alguien que pasaba un plato con comida hacia la celda, si es que se le podía decir comida. Era tan asquerosa que optó por no comer.
Pasaba el tiempo, mucho más lento para él. En su cabeza sonaban algunos arpegios y una melodía que hacía no mucho tiempo sus dedos la hacían vivir. No soportaba más el encierro. Morir era lo mejor que podía pasarle. Pero no iban a ser tan amables con él. No, debía sufrir; criminal, sinvergüenza, anti-evolución, vago.
Ya al tercer día no tuvo más opción que comer. Esa mezcla uniforme contenida por un plato más sucio que la misma celda era repugnante, pero la comía con desesperación día tras día.
Seis meses habían pasado desde que había sido encerrado, seis meses sin hablar, seis meses sin correr, seis meses sin ver el cielo, la luna y las estrellas. Medio año en soledad.
Un día, o una noche, creyó escuchar el sonido de una guitarra, creyó escuchar un acorde vibrando en las cuerdas, rebotando en la madera y saliendo al mundo para ser disfrutado. Un día, o una noche, un año después de haber cometido el crimen, de haber creado, creyó volver a estar rompiendo las reglas, creyó escuchar su guitarra. Y perdido entre su imaginación, la música y su locura, un día o una noche, cerró suavemente sus ojos...
El reo lo miró, en sus ojos se veían el miedo y el odio. El hombre cerró la puerta y la luz se apagó. Dentro de la celda estaba completamente oscuro, no había nada ni nadie.
Crimen imperdonable, pecado inhumano. Ahora estaba encerrado en una habitación tan horrible como sus últimas acciones. Sin luz, sin compañía, sin ninguna distracción posible. Y tendría que esperar allí mucho tiempo, seguro, no lo sabía. Es más, dudaba si algún día iba a poder salir.
Recordaba el color verde del pasto, el celeste tan profundo del cielo, recordaba los sonidos de la naturaleza: la música de los pájaros, los quejidos de los insectos y las conversaciones de los perros. Ya la extrañaba. Pensó en ella y en cómo disfrutaba tocándola, como lo llenaba de placer. Se imaginaba tocándola, poseyéndola y siendo poseído; sus dedos sentían su suave tacto que solía lastimarlos llenando aún más de placer la situación. Recordaba la felicidad que le daba ser un humilde imitador de la naturaleza. Pensando y recordando, sentado en un rincón, lloró hasta quedarse dormido.
Se despertó, dolorido, con la voz de alguien que pasaba un plato con comida hacia la celda, si es que se le podía decir comida. Era tan asquerosa que optó por no comer.
Pasaba el tiempo, mucho más lento para él. En su cabeza sonaban algunos arpegios y una melodía que hacía no mucho tiempo sus dedos la hacían vivir. No soportaba más el encierro. Morir era lo mejor que podía pasarle. Pero no iban a ser tan amables con él. No, debía sufrir; criminal, sinvergüenza, anti-evolución, vago.
Ya al tercer día no tuvo más opción que comer. Esa mezcla uniforme contenida por un plato más sucio que la misma celda era repugnante, pero la comía con desesperación día tras día.
Seis meses habían pasado desde que había sido encerrado, seis meses sin hablar, seis meses sin correr, seis meses sin ver el cielo, la luna y las estrellas. Medio año en soledad.
Un día, o una noche, creyó escuchar el sonido de una guitarra, creyó escuchar un acorde vibrando en las cuerdas, rebotando en la madera y saliendo al mundo para ser disfrutado. Un día, o una noche, un año después de haber cometido el crimen, de haber creado, creyó volver a estar rompiendo las reglas, creyó escuchar su guitarra. Y perdido entre su imaginación, la música y su locura, un día o una noche, cerró suavemente sus ojos...
domingo, 22 de abril de 2012
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