- Adentro y cállese- dijo el guardia empujándolo adentro de la celda.
El reo lo miró, en sus ojos se veían el miedo y el odio. El hombre cerró la puerta y la luz se apagó. Dentro de la celda estaba completamente oscuro, no había nada ni nadie.
Crimen imperdonable, pecado inhumano. Ahora estaba encerrado en una habitación tan horrible como sus últimas acciones. Sin luz, sin compañía, sin ninguna distracción posible. Y tendría que esperar allí mucho tiempo, seguro, no lo sabía. Es más, dudaba si algún día iba a poder salir.
Recordaba el color verde del pasto, el celeste tan profundo del cielo, recordaba los sonidos de la naturaleza: la música de los pájaros, los quejidos de los insectos y las conversaciones de los perros. Ya la extrañaba. Pensó en ella y en cómo disfrutaba tocándola, como lo llenaba de placer. Se imaginaba tocándola, poseyéndola y siendo poseído; sus dedos sentían su suave tacto que solía lastimarlos llenando aún más de placer la situación. Recordaba la felicidad que le daba ser un humilde imitador de la naturaleza. Pensando y recordando, sentado en un rincón, lloró hasta quedarse dormido.
Se despertó, dolorido, con la voz de alguien que pasaba un plato con comida hacia la celda, si es que se le podía decir comida. Era tan asquerosa que optó por no comer.
Pasaba el tiempo, mucho más lento para él. En su cabeza sonaban algunos arpegios y una melodía que hacía no mucho tiempo sus dedos la hacían vivir. No soportaba más el encierro. Morir era lo mejor que podía pasarle. Pero no iban a ser tan amables con él. No, debía sufrir; criminal, sinvergüenza, anti-evolución, vago.
Ya al tercer día no tuvo más opción que comer. Esa mezcla uniforme contenida por un plato más sucio que la misma celda era repugnante, pero la comía con desesperación día tras día.
Seis meses habían pasado desde que había sido encerrado, seis meses sin hablar, seis meses sin correr, seis meses sin ver el cielo, la luna y las estrellas. Medio año en soledad.
Un día, o una noche, creyó escuchar el sonido de una guitarra, creyó escuchar un acorde vibrando en las cuerdas, rebotando en la madera y saliendo al mundo para ser disfrutado. Un día, o una noche, un año después de haber cometido el crimen, de haber creado, creyó volver a estar rompiendo las reglas, creyó escuchar su guitarra. Y perdido entre su imaginación, la música y su locura, un día o una noche, cerró suavemente sus ojos...
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