miércoles, 18 de julio de 2012

Al Acecho

       El cielo ya estaba iluminado por la Luna y las estrellas. No sé si recuerdo alguna noche tan fría como esa. 
Martín no bajaba la guardia. Miraba en todas direcciones con ojos vigilantes. La había tenido tan cerca... Casi había podido. Pero se había escapado y ahora...
Las horas pasaban. Martín estaba muy cansado pero era imposible dormir, imposible con ella acechando. Primero acechador y ahora, ¿presa? Sí, tenía miedo.
Recordaba otras noches iguales a esa. Hasta ahora su habilidad de vigilancia y su velocidad nunca le habían fallado. Pero siempre puede haber una primera vez... Y si no queremos que llegue es todavía peor.
     Pensaba en esa noche de niño, cuando tuvo que dormir con su madre porque todavía la película de terror seguía molestando en su cabeza. Pensaba y comparaba... Sí, eran sensaciones similares; pero ahora ya no era más un chico, no podía estar tan asustado, era un hombre. Los hombres no tienen miedo. No los verdaderos.
     Pero de nuevo su mente se concentraba exclusivamente en encontrarla. ¿Y si había más que no había visto? No, no podía ser. Además, era mejor pensar en positivo. Siempre es mejor, y más en estos momentos de tensión.
     La bestia esperaba, sabía que descubrirse era sinónimo de muerte. Sabía que Martín estaba al acecho y, para colmo, armado.
     La fiera también recordaba momentos pasados. Pensaba en la casa donde nació y lo feliz que era. Y ahora acá, a punto de morir. O quizás podría escapar...
No era mala, pero su aspecto no le jugaba a favor. Patas peludas y poco carnosas, varios ojos, también rodeados por pelos y un cuerpo desproporcionado. Lamentaba su apariencia, ella quería ser feliz.
     Ya había pasado más de media hora y Martín seguía agazapado, buscando por toda la habitación. De pronto pudo verla, o vio un movimiento de ella. Sí, era. Allá está. No quiso esperar más, dobló aún más la revista nº 12 de decoración de interiores, llevó su brazo hacia atrás y velozmente-con los ojos cerrados- golpeó al pobre bicho que ser había escondido muy bien -aunque no lo suficiente- entre la mesita de luz y la pared.
     Sus seis patas, sus ojos y su desproporcionado cuerpo quedaron estampados contra la pared. Martín no quiso sacarla, prefirió conservarla como un trofeo de cacería. Al fin podía dormir tranquilo.

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