No hay como el papel
para dibujar ideas
para mentir sentimientos.
No hay como la lluvia
para acompañar estos momentos
Día gris, poesía negra.
Pero entre un mate y un café
no sé con quién quedarme.
El café, solitario asumido.
El mate, para tapar el agujero.
Mentir, escribir y café.
Lluvia, tus ojos y un mate.
No hay como tu piel.
Miento, escribo y llueve
No sé con quién quedarme,
no hay como el papel.
domingo, 25 de mayo de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
París
París
de a poco se humedece con la lluvia, las calles se llenan de paraguas y
yo empiezo a mojarme. Sentado a pocos metros del Jardin des Plantes, me
resulta imposible no comenzar a inventar historias sobre nosotros,
caminando empapados por el boulervard Montparnasse o por los senderos
del jardín de Luxemburgo. París no me ayuda.
Nuestra historia está llena de golpes, subidas y bajadas, pero ningún
galardón ni premio. Sin embargo nunca me canso de creer. Nunca se me
agotan los planes de una vida juntos, sea en París o en La Plata.
Tomando mates en Champ du Mars o en el Paseo del Bosque; nunca reparo
demasiado en el lugar.
Pero no puedo mentir... París emboba mi corazón y me siento en un cuento
de Cortazar o bebiendo coñac con Hemingway y la generación perdida.
Y cómo evitar las ganas de tomar tu mano en un café, mirando las
hermosas y alborotadas calles de la cité, las ganas de subirme a otro
peldaño y comprarte un vestido en la Avenue des Champs Elysees, claro
que para verte con él pero más para ver que te lo saques.
Pero no son más que ideas, planes sin cuerpo que una vez se seque la
lluvia se irán. Mas París no ayuda, pues no deja de llover.
lunes, 24 de marzo de 2014
24 de marzo
Tres meses después Nochebuena
Señora, usted está arrestada
Hoy tomamos el poder
Reorganización y antiterrorismo
El país cuarteado, termina por quebrarse
Corrupción, violencia y mentiras.
Respirar es peligroso, pensar está prohibido
Madres sin sus hijos, novios sin sus novias
Amigos que no están ¿dónde se han metido?
Ni muertos, ni vivos y la asquerosa impunidad
De gobernantes asesinos.
Borrachos al gobierno, guerras sin sentido
Frío y hambre en Malvinas
“Estamos Ganando” nos decían
Nuestros pibes no pensaban parecido.
30.000 se fueron y no contamos sus familias
Que hoy siguen buscando verdad
Un poco de luz sobre los hechos
Que se leen en las más oscuras páginas
De la historia de un país.
Señora, usted está arrestada
Hoy tomamos el poder
Reorganización y antiterrorismo
El país cuarteado, termina por quebrarse
Corrupción, violencia y mentiras.
Respirar es peligroso, pensar está prohibido
Madres sin sus hijos, novios sin sus novias
Amigos que no están ¿dónde se han metido?
Ni muertos, ni vivos y la asquerosa impunidad
De gobernantes asesinos.
Borrachos al gobierno, guerras sin sentido
Frío y hambre en Malvinas
“Estamos Ganando” nos decían
Nuestros pibes no pensaban parecido.
30.000 se fueron y no contamos sus familias
Que hoy siguen buscando verdad
Un poco de luz sobre los hechos
Que se leen en las más oscuras páginas
De la historia de un país.
martes, 11 de febrero de 2014
Deseo
Te conocí como el
deseo, como la lujuria. Seductora, inalcanzable. Rebalsando deseo y pasión y
sexualidad en su más puro estado. Como una foto que escondo para no volverme
loco, como un recuerdo que intento esquivar, para no dejar todo y salir a
buscarte. Ni una noche pasé sin desearte, ni una tarde sin recordarte. Y
tiemblo cada vez que pienso en tu calor, cada vez que extraño tu cuerpo, que
vuelvo a desear tu piel.
Y pensar que otro
comparte su piel con vos, me enfurece. Porque vos sos el
deseo. Vos sos mis delirios de carne, mis secretos. Porque tu piel es el cielo
y necesito tu calor. Hoy sos el deseo, la lujuria. Seductora e inalcanzable.
Rebalsando deseo y pasión.
miércoles, 29 de enero de 2014
Pregunto de nuevo
¿Cuánta tinta
debo usar para explicar?
¿Cuántas hojas
debo gastar para expresar?
¿Cuántos tachones
debo hacer para lograr,
para poder decirte
que todo ha cambiado,
que yo puedo,
que ya no soy el de antes?
¿Cuántas noches,
enfrentado con mi cabeza,
tengo que aguantar?
¿Cuántas lágrimas
tengo que llorar
para ahogar este dolor?
¿Cuántos atardeceres
tengo que ver
para volver a sonreír?
¿Qué va a ser de mí
si no me alcanza
la tinta para escribir,
las noches para pensar,
las lágrimas para limpiar,
las tardes para olvidar,
¿Que seré si no consigo
tenerte de nuevo?
¿Qué seré si no puedo
ver de nuevo tu sonrisa?
lunes, 13 de enero de 2014
Camilo
Camilo estaba, otra vez, sin poder decir una oración completa. La lengua se le enredaba y sus pies estaban congelados. Un sudor frío empapaba su rostro y sus manos, y me arriesgaría a decir que, aunque sutilmente, estaba temblando.
Tenía calor, pero solo en su cara. Yo les puedo asegurar que el día era uno de esos en los que lo único que se quiere es llegar a casa, acostarse en la cama, tapado hasta la nariz y leer algún buen libro, o una porquería, pero leer al fin, para olvidarse del frío y de no tener una buena estufa. Pero Camilo era una manifestación de diferentes temperaturas. Frío por algún lado, calor por otros.
Le costaba mantener la mirada donde debía, y cada tanto veía al resto de la gente en el parque: una señora gorda con su hijo, un hombre sentado solo en un banco que podía verse estaba esperando a alguien, y un perro con su fiel amigo linyera sentados en un árbol. Había demasiada gente, teniendo en cuenta el frío que hacía.
Se hizo un silencio incómodo y Camilo casi se echa a correr. Sólo lo frenaron sus buenos modales, porque en lo que de coraje se trata, dejaba mucho que desear. Y él lo sabía. En situaciones tensas, los nervios y el miedo y las malas experiencias tomaban, sin pedir permiso, el dominio de la situación. Siempre recordaba sus más memorables y excelentes fracasos.
En su primera entrevista de trabajo, a los diecinueve años – cuando aún vivía con su madre y no podía dejar a un lado los centenares de cartas de colección que tenía en su habitación, guardadas en el tercer cajón, debajo de las medias y calzones del segundo y las chucherías inútiles del cuarto -, Camilo tuvo su primer fracaso olímpico.
El entrevistador no era uno de esos hombres que asustan con solo verlos. Es más, tenía pinta de buen hombre. Estaba vestido con una camisa Calvin Klein blanca y un pantalón de vestir de un color que no recuerdo de una marca que Camilo no conocía. Tenía ojos marrón claro y una sonrisa casi perfecta. Su mirada no era penetrante en absoluto.
Sin embargo, Camilo estaba tan asustado que no pudo, siquiera, responder las preguntas, y a la tercer pregunta sin contestar dio media vuelta en silencio y se fue. A partir de ahí, su vida se hizo cada día más complicada cuando tenía que relacionarse con personas.
Y ahí estaba, temblando de nuevo. Sin saber qué pensar, y menos qué decir. Pero aunque estaba sufriendo y a nadie en el parque parecía importarle – tampoco a la monja que acababa de llegar-, por otro lado estaba muy bien. Disfrutaba viéndola e imaginando una vida juntos, deseando escuchar alguna palabra de su dulce boca, con su tono todavía más dulce.
Ella era hermosa, simpática y dos años más joven que Camilo. Estudiaba letras en la Universidad de La Plata y estaba a punto de recibirse con un promedio fuera de serie. Amaba los libros como a nada en el mundo. Usaba unos lentes con poca corrección, de color borgoña con forma rectangular, pero redondeado en las puntas. Siempre vestía poco elegante y odiaba los zapatos con taco. Amaba la lluvia y el frío. Y lo más importante, Camilo la amaba.
Sentía que cada instante en silencio eran horas, días, meses… Su reloj interno parecía ir más lento que el de su muñeca, más lento que cualquier reloj en la tierra. Luego de un segundo en silencio, casi puede decir algo, sintió las palabras a punto de salir de su boca. Pero no. Siguió el aterrador silencio.
Durante el siguiente segundo, imaginó cómo iban a ser sus hijos. Tres. Felipe, Magdalena y María Luz, en ese orden. Y su casa, con una sala espaciosa y bien adornada, provista de una biblioteca con tantos libros que solamente ella iba a ser capaz de conocerlos todos. Aún le quedaba tiempo para que pasara el segundo, y decidió mirarla de nuevo, perderse en sus ojos, imaginar cómo sería el tacto de su piel, soñar con esos labios, desear aún más ese cuerpo bastante alejado de la perfección, de las tapas de revistas, pero precioso.
No podía pasar tres segundos en silencio, no era apropiado. Eso lo asustó todavía más y sintió cómo el estómago se le hacía, velozmente, un nudo de marinero. Quiso terminar con eso y hablar: apretó sus puños, cerró con fuerza los ojos –deseando estar en otro sitio- y abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin éxito. Se sentía totalmente frustrado, y con ganas de llorar. Intentaba no pensar en que era un idiota, un cobarde que no puede siquiera hablar en una entrevista de trabajo, pero está claro que no podía autoconvencerse. Y ya podía ver cómo otra oportunidad se le escapaba de las manos a causa de su miedo, un miedo que, parecía ser, nunca lo iba a dejar ser feliz.
Pero entonces, algo sucedió. Una voz rompió el silencio que tanto escándalo había armado en Camilo. Y claramente no era su voz. Era mucho más dulce y amigable.
-Me gusta que tengas miedo por todo. Vení –dijo agarrando su mano- vamos a mi casa a tomar un café, acá hace mucho frío.
domingo, 5 de enero de 2014
Un primero de enero.
No es un horario de lo más ortodoxo, tampoco mi estado. Muchos amantes snobs de la literatura me criticarían. Dirían que esto es un arte de gente seria. Qué sabrán ellos.
Yo escribo porque tengo ganas de hablar sobre el amor y su hija de puta forma de ser, de rompernos las piernas ¿Como puede ser algo tan lindo y tan mierda al mismo tiempo?
Bueno, vos sos algo así. O más bien, perdón, lo que yo siento por vos. Que te amo y te odio. Y te amo y cuando veo que soy un misero cuatro de copas, te odio.
El amor y el alcohol, y los amigos. El dolor y la noche. Feliz año nuevo. Otro año más luchando contra el muy hijo de puta amor y contra tu hermoso, repudiable, amable e irritante histeriqueo
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