Se preguntó cómo sería estar encerrada, envuelta en cadenas, con los ojos llenos de barrotes. Imaginó que sería similar a lo que estaba viviendo: querer salir y no poder. Sabía que estaba exagerando. Miró la ventana cerrada, algunos rayos de luz, sin embargo, lograban pasar. Dio media vuelta, 180°. Se acomodó e intentó salir de nuevo. No pudo.
Volvió a pensar en la cárcel o en algún calabozo y se convenció de que su situación no era para tanto aunque lo pareciera. Empezó a preguntarse por qué debía salir: ¿Había algo mejor afuera? Por un instante sintió una especie de tranquilidad. La había sentido hacía un rato no muy largo. Sonrió.
Su sonrisa no duró mucho más que lo que tarda en caer una hoja del árbol de la vereda de su casa - vaya uno a saber qué tipo de árbol es, a mí mucho no me interesa y a ella tampoco- porque de repente apareció de nuevo ese sonido que como una aguja de la vacuna de los 6 se clavaba en sus oídos, casi haciéndola llorar, como a los 6 con la vacuna.
Y así como cayó la hoja del árbol, la sonrisa se borró. Miró el reloj, sacando afuera su brazo izquierdo, y volvió la misma idea de todos los días. Sabía que iba a arrepentirse más tarde, siempre lo hacía y maldecía y prometía no volver a hacerlo; pero con ese frío y el árbol y las hojas y esa aguja con sonidos que se clavan era muy difícil pensar algo diferente.
Entonces, con su índice derecho callando el ruido, desafilando la aguja y volviendo a sonreír, dio cuarto de vuelta y cerró los ojos.
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