Con un poco de esfuerzo
puso los dos pies descalzos en la alfombra del suelo o en el suelo de alfombra
porque ocupaba todo el piso de la habitación. Tenía los dedos congelados y
luchaba por mantener los ojos abiertos. Su primera acción estando despierto, si
es que eso era estar despierto, fue quejarse del frío. Había empezado el
invierno hacía unos pocos días y levantarse a la mañana era lo peor del día. No
es que le gustara levantarse en otra estación del año porque incluso en verano
se quejaba todas las mañanas pero con frío era todavía peor. Terminada la
queja, agarró el jean azul oscuro que había usado el día anterior y se lo puso.
Arrastrando los pies fue
hacia el baño para cepillarse los dientes con el cepillo verde nuevo. Todas las
mañanas se preguntaba por qué tenía que cepillarse los dientes a la mañana si
se los había cepillado a la noche. “Yo ya me los limpié y no comí nada”,
pensaba todos los días pero lo hacía igual, por costumbre o por miedo. Con la
boca refrescada por la pasta dental y la vejiga vacía caminó hacía la cocina y
sacó unas tostadas de esas de paquete y la manteca de la heladera. Con un
encendedor gastado encendió la hornalla más grande de la cocina y puso la pava
con agua a calentar. Mientras esperaba sacó la yerba y la puso en la mate, que
revolvió para quitarle el polvo. Llevó las tostadas, el mate sin agua y la
manteca a la mesa y se sentó. Sin levantarse, levantó la persiana y fue entrecerrando los ojos a medida que la luz entraba a la casa.
Afuera la gente pasaba con sus bufandas y gorros. Rolo -el padre de Nico, que la semana anterior se había recibido de abogado- estaba sentado en la puerta de la casa como todas las mañanas en un banquito de madera que sacaba de la casa. Solía estar ahí sentado fumando, viendo a la gente pasar y cada tanto charlando con alguno hasta las 11:30, más o menos, que volvía a entrar a la casa. Viendo a Rolo se pasó el tiempo y casi se le hierve el agua. Por suerte sacó la pava antes de los cien grados y cebó el primer mate, a un costado y sin poner la bombilla, como le había enseñado don Tito, vecino de la casa de su infancia.
Tomando el mate y pensando en don Tito, fue untando las tostadas con manteca. Tres tostadas y seis mates después se levantó y de la silla y emprendió la odisea de la búsqueda de medias. Casi ahogado en un mar de cajones y pilas de ropa en un tiempo récord de quince minutos, pudo encontrar un par completo de medias. Se calzó, agarró la campera negra, la bufanda celeste y el gorro negro de lana y salió a la calle con la bicicleta que estaba atada en el pasillo que llevaba a su casa.
Pedaleando, todavía con veinte minutos a favor, se fue acercando al edificio aburrido donde trabajaba. Un edificio completamente compuesto por oficinas y ninguna divertida. No había oficinas de escritores ni de diseñadores, sólo de contadores, abogados y administrativos. A veces se lamentaba no haberle dado una oportunidad a la poesía, mucha gente le había dicho que lo hacía bien pero la costumbre -o el miedo- hizo que terminara trabajando frente a una computadora llenando planillas de Excel y ninguna divertida.
Creo que por única vez llegó a la oficina con cinco minutos de anticipación, asumo que por su tiempo récord en la búsqueda de medias. Entro al edificio -que aunque aburrido era muy lindo- y subió por las escaleras hasta el piso cinco. Prefería subir unos pisos por escalera que entrar a un ascensor, la pasaba bastante mal adentro de esos bichos.
En la oficina estaba Mariana, una chica que cantaba en una banda de jazz todos los jueves en un bar por el centro de la ciudad y laburaba en esa oficina porque lo del jazz no le dejaba demasiada guita. Más de una vez habían ido a verla cantar él y todos sus compañeros. Su voz era preciosa, de esas voces graves del propias del género cargadas de sensualidad. No sé si en la tercera o en la primera vez que habían ido a verla -pero definitivamente no en la segunda- se había dado cuenta que podía estar horas mirándola y escuchándola cantar sin siquiera comenzar a aburrirse o a cansarse. Y unos días después de ese jueves, se dio cuenta que no hacía falta ni que cantara para que se quedase como un boludo mirándole esos ojos marrones que al principio parecían decir nada y ahora decían mucho más que los 32 volúmenes de la enciclopedia británica, con tapa dura y encuadernación de lujo.
Dos horas antes de irse, luego de completar varias planillas de Excel sin saber muy bien qué significaban, sintió que necesitaba un café. Fue a la cocina de la oficina y se preparó uno, no muy fuerte, sin leche y con una cucharada de azúcar, en taza de té pero llena hasta la mitad (o vacía hasta la mitad).
En el pequeño camino de vuelta a su computadora, pasó por el lugar donde Mariana llenaba sus planillas y se frenó. Pensó si sería buena idea invitarla a tomar algo cuando salían de trabajar. Y comenzó a especular: "quizá tiene novio", "¿Novio? Ni siquiera sé si le gustan los hombres", "A veces hablamos... ¿Pero da para que la invite?". Entre tanto, habían pasado como diez segundos y Mariana lo miraba esperando que dijera algo. Y así fue, no se iba a quedar callado como un nabo adelante de la chica a la que estaba por invitar a salir. "Se te cayó la lapicera".
Gracias, un sorbo de café y siguió caminando. "Mañana le digo", pensó y con un poco de esfuerzo puso los dos pies descalzos en la alfombra del suelo o en el suelo de alfombra porque ocupaba todo el piso de la habitación. Tenía los pies congelados y luchaba por mantener los ojos abiertos. Se quejó del frío y agarró el jean azul oscuro que había usado el día anterior y se lo puso.
Afuera la gente pasaba con sus bufandas y gorros. Rolo -el padre de Nico, que la semana anterior se había recibido de abogado- estaba sentado en la puerta de la casa como todas las mañanas en un banquito de madera que sacaba de la casa. Solía estar ahí sentado fumando, viendo a la gente pasar y cada tanto charlando con alguno hasta las 11:30, más o menos, que volvía a entrar a la casa. Viendo a Rolo se pasó el tiempo y casi se le hierve el agua. Por suerte sacó la pava antes de los cien grados y cebó el primer mate, a un costado y sin poner la bombilla, como le había enseñado don Tito, vecino de la casa de su infancia.
Tomando el mate y pensando en don Tito, fue untando las tostadas con manteca. Tres tostadas y seis mates después se levantó y de la silla y emprendió la odisea de la búsqueda de medias. Casi ahogado en un mar de cajones y pilas de ropa en un tiempo récord de quince minutos, pudo encontrar un par completo de medias. Se calzó, agarró la campera negra, la bufanda celeste y el gorro negro de lana y salió a la calle con la bicicleta que estaba atada en el pasillo que llevaba a su casa.
Pedaleando, todavía con veinte minutos a favor, se fue acercando al edificio aburrido donde trabajaba. Un edificio completamente compuesto por oficinas y ninguna divertida. No había oficinas de escritores ni de diseñadores, sólo de contadores, abogados y administrativos. A veces se lamentaba no haberle dado una oportunidad a la poesía, mucha gente le había dicho que lo hacía bien pero la costumbre -o el miedo- hizo que terminara trabajando frente a una computadora llenando planillas de Excel y ninguna divertida.
Creo que por única vez llegó a la oficina con cinco minutos de anticipación, asumo que por su tiempo récord en la búsqueda de medias. Entro al edificio -que aunque aburrido era muy lindo- y subió por las escaleras hasta el piso cinco. Prefería subir unos pisos por escalera que entrar a un ascensor, la pasaba bastante mal adentro de esos bichos.
En la oficina estaba Mariana, una chica que cantaba en una banda de jazz todos los jueves en un bar por el centro de la ciudad y laburaba en esa oficina porque lo del jazz no le dejaba demasiada guita. Más de una vez habían ido a verla cantar él y todos sus compañeros. Su voz era preciosa, de esas voces graves del propias del género cargadas de sensualidad. No sé si en la tercera o en la primera vez que habían ido a verla -pero definitivamente no en la segunda- se había dado cuenta que podía estar horas mirándola y escuchándola cantar sin siquiera comenzar a aburrirse o a cansarse. Y unos días después de ese jueves, se dio cuenta que no hacía falta ni que cantara para que se quedase como un boludo mirándole esos ojos marrones que al principio parecían decir nada y ahora decían mucho más que los 32 volúmenes de la enciclopedia británica, con tapa dura y encuadernación de lujo.
Dos horas antes de irse, luego de completar varias planillas de Excel sin saber muy bien qué significaban, sintió que necesitaba un café. Fue a la cocina de la oficina y se preparó uno, no muy fuerte, sin leche y con una cucharada de azúcar, en taza de té pero llena hasta la mitad (o vacía hasta la mitad).
En el pequeño camino de vuelta a su computadora, pasó por el lugar donde Mariana llenaba sus planillas y se frenó. Pensó si sería buena idea invitarla a tomar algo cuando salían de trabajar. Y comenzó a especular: "quizá tiene novio", "¿Novio? Ni siquiera sé si le gustan los hombres", "A veces hablamos... ¿Pero da para que la invite?". Entre tanto, habían pasado como diez segundos y Mariana lo miraba esperando que dijera algo. Y así fue, no se iba a quedar callado como un nabo adelante de la chica a la que estaba por invitar a salir. "Se te cayó la lapicera".
Gracias, un sorbo de café y siguió caminando. "Mañana le digo", pensó y con un poco de esfuerzo puso los dos pies descalzos en la alfombra del suelo o en el suelo de alfombra porque ocupaba todo el piso de la habitación. Tenía los pies congelados y luchaba por mantener los ojos abiertos. Se quejó del frío y agarró el jean azul oscuro que había usado el día anterior y se lo puso.
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