domingo, 1 de junio de 2014

Camino de Regreso

El ventilador no era suficiente. Guido no paraba de dar vueltas en la cama, totalmente traspirado. Ese verano era, posiblemente, el más caluroso que había vivido. Y estaba solo en casa. Era divertido: podía levantarse a la hora que quisiera, dormirse tan tarde como resistiera, comer o no comer. Incluso hasta podía evitar bañarse. Pero con ese calor…

Ya hacía bastante tiempo desde que se había ido. Guido la había acompañado al aeropuerto, cargando él con el equipaje que, por cierto, era bastante pesado. Ella era de las mujeres que siempre llevan carga de más, que llevan mucha más ropa de la que una persona puede llegar a usar; pero siempre sosteniendo que no es suficiente. Y a Guido le gustaba que así fuera.

Ya eran las once de la mañana, seguir en la cama era insostenible. Haciendo un pequeño esfuerzo, se levantó y fue hasta el baño, donde se puso a punto para arrancar el día con una ducha más que refrescante. El desayuno iba a ser totalmente pasado por alto, lógicamente. Y quien sabe si el almuerzo también.

Ella se hubiera enojado, no le gustaba cuando salteaba comidas. Siempre insistía en que tenía que estar bien alimentado, pero Guido no le daba mucha importancia. Aunque se enamoraba un poco más cada vez que sentía su preocupación.

Todo corría de maravilla con ella, o eso parecía. No voy a decir que nunca discutían, porque bueno, hombre, eso es imposible. Pero mantenían una relación que, a simple vista, era muy buena.  Se divertían mucho haciendo cosas juntos, mirando repetidas veces los capítulos de Friends, charlando sobre música o literatura o de la vieja de enfrente. Sus charlas siempre eran apasionadas, incluso cuando hablaban de la vieja de enfrente.

La vieja de enfrente siempre salía a barrer a las cuatro de la tarde, con una puntualidad que marcaba firmemente que no tenía nada para hacer. Les daba un poco de pena su soledad. Cada tanto venía su hijo a visitarla, pero él no se quedaba más de dos horas. Pobre vieja de enfrente, se ponía tan feliz…
Guido estaba de vacaciones, pero no las estaba disfrutando. Contaba las horas que faltaban para que ella volviera. Le había comprado ese libro de Hemingway que tanto quería leer. Lo tenía envuelto y con una dedicatoria preciosa. Guido sabía usar bien las palabras, creo que con eso la había conquistado hacía ya unos cuantos años.

A las cinco de la tarde… Cinco horas para que volviera. Guido se preocupaba de a ratos. Un viaje de seis meses puede crear una persona nueva dentro de uno mismo. Pero luchaba por no pensar en eso. Eran cinco horas más y descubriría la verdad.

Salió a dar un paseo para intentar hacer que el tiempo pasara un poco más rápido. El aeropuerto no estaba muy cerca de su casa, pero no tardaba más de cuarenta minutos en llegar. Caminó una cuadra y se acercó al puesto de diarios de la esquina. Lo atendía un hombre grande, un poco gordo y con anteojos. Tenía cara de buena gente y un sombrero muy lindo. Guido lo saludó y le pidió el diario de deportes. Sacó unas monedas de su bolsillo y pagó.

Caminando con el diario bajo el brazo fue hasta la plaza que estaba a dos cuadras y se sentó en un banco a leerlo. Entre página y página se quedaba un rato mirando a la gente que pasaba, a los perros y a las palomas. Cada tanto algún chico pasaba cerca corriendo y jugando. Siempre le gustaron los chicos. Aunque no así los bebés. Cuando alguien le daba a su bebé para que Guido lo agarrase comenzaba a sentirse muy incómodo, sin saber qué hacer con el bebé en brazos, ni cómo sostenerlo bien. Seguro que el bebé la pasaba tan mal como él, porque debía sentir su incomodidad. Tanto el bebé como Guido querían escapar de esa situación cuanto antes. Pero siempre el más veloz para encontrar la salida era el bebé: llorar.

Luego de un poco más de una hora, se levantó del bancó y volvió a su casa. Iba a armar su mochila con algunas cosas y ya ir a tomarse el subte. No quería llegar tarde y que ella tuviera que esperarlo. Tampoco quería estar un segundo de más sin verla.

No tardó mucho en armar la mochila –no tenía que poner demasiadas cosas, solo una botella de agua, una campera, lo básico para moverse unas horas-, y agarró un cuadro de ellos dos. Lo miró fijo y sonrió. Lo apoyó de nuevo en la mesita donde estaba, se cargó la mochila al hombro y salió a la calle.
En el subte miraba su reloj atentamente, sin perderse un solo segundo. Estaba muy ansioso y sentía que cada segundo tardaba más en pasar. Miraba la cara de los viajeros: a la señora vestida completamente de verde y con un sombrero rojo, al tipo que escuchaba con mucha pasión música de sus auriculares, al padre con su hijo, a los dibujitos en los vidrios. Próxima parada: el aeropuerto.

Salió del metro con su mochila y siguió a la masa. La parada estaba adentro del aeropuerto, así que solo quedaba ir hacia la puerta donde ella saldría y esperar la hora y media que faltaba.

Se sentó en un café a esperar. Pidió un té, posiblemente el té más caro que había comprado, sacó Estudio en Escarlata y comenzó a leer mientras a gente pasaba y se reencontraba. Mientras a su lado nacían mil abrazos en cientos de idiomas, morían recuerdos para dar lugar a nuevos presentes, llegaban valijas cargadas y se formaban sonrisas.

En los aeropuertos uno puede apreciar situaciones muy divertidas, como la gente que llega envuelta en ropa y camperas del otro hemisferio y se encuentra con un calor agobiante o los grupitos que llegan con más valijas que personas. Pero también, del otro lado, están las despedidas. A nadie le gustan las despedidas, incluso si tienen la promesa de un hasta luego, de un volveré. Una despedida crea incertezas que solo desaparecen en el rencuentro.

Y así estaba Guido, intentando leer por lo menos una página, pero no le era posible. Pensaba en cualquier cosa menos en Sherlock Holmes y el Dr. Watson. ¿Cómo iba a hacerlo? Seis meses esperándola y estaba tan cerca… Miraba de nuevo su reloj, el tiempo no parecía pasar.
La gente iba de un lado a otro, volvía y se iba. Se reencontraba y se despedía, siguiendo la rutina de un aeropuerto. Pero Guido seguía esperando, faltaban cinco minutos pero la aguja parecía clavada. Creía que hacía horas estaba esperando los últimos cinco minutos. Y si juzgaba por la gente que había visto pasar, no estaba tan errado.

Decidió levantarse del café y acercarse más hacia la puerta. Pagó el té y se fue. Se sentó en uno de los bancos del aeropuerto, mirando al monitor que decía “Vuelo NQ23 Aerolineas Argentinas Aterrizado”. Alternaba su vista entre el monitor y su reloj y la gente que pasaba y la puerta donde ella saldría. Pero el segundero parecía no avanzar, y el monitor seguía estático y la puerta nunca se abría. Pero la gente no dejaba de pasar.

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