Ya hacía bastante
tiempo desde que se había ido. Guido la había acompañado al aeropuerto,
cargando él con el equipaje que, por cierto, era bastante pesado. Ella era de
las mujeres que siempre llevan carga de más, que llevan mucha más ropa de la
que una persona puede llegar a usar; pero siempre sosteniendo que no es
suficiente. Y a Guido le gustaba que así fuera.
Ya eran las once
de la mañana, seguir en la cama era insostenible. Haciendo un pequeño esfuerzo,
se levantó y fue hasta el baño, donde se puso a punto para arrancar el día con
una ducha más que refrescante. El desayuno iba a ser totalmente pasado por
alto, lógicamente. Y quien sabe si el almuerzo también.
Ella se hubiera
enojado, no le gustaba cuando salteaba comidas. Siempre insistía en que tenía
que estar bien alimentado, pero Guido no le daba mucha importancia. Aunque se
enamoraba un poco más cada vez que sentía su preocupación.
Todo corría de maravilla
con ella, o eso parecía. No voy a decir que nunca discutían, porque bueno,
hombre, eso es imposible. Pero mantenían una relación que, a simple vista, era
muy buena. Se divertían mucho haciendo
cosas juntos, mirando repetidas veces los capítulos de Friends, charlando sobre
música o literatura o de la vieja de enfrente. Sus charlas siempre eran
apasionadas, incluso cuando hablaban de la vieja de enfrente.
La vieja de
enfrente siempre salía a barrer a las cuatro de la tarde, con una puntualidad
que marcaba firmemente que no tenía nada para hacer. Les daba un poco de pena
su soledad. Cada tanto venía su hijo a visitarla, pero él no se quedaba más de
dos horas. Pobre vieja de enfrente, se ponía tan feliz…
Guido estaba de
vacaciones, pero no las estaba disfrutando. Contaba las horas que faltaban para
que ella volviera. Le había comprado ese libro de Hemingway que tanto quería
leer. Lo tenía envuelto y con una dedicatoria preciosa. Guido sabía usar bien
las palabras, creo que con eso la había conquistado hacía ya unos cuantos años.
A las cinco de la
tarde… Cinco horas para que volviera. Guido se preocupaba de a ratos. Un viaje
de seis meses puede crear una persona nueva dentro de uno mismo. Pero luchaba
por no pensar en eso. Eran cinco horas más y descubriría la verdad.
Salió a dar un
paseo para intentar hacer que el tiempo pasara un poco más rápido. El
aeropuerto no estaba muy cerca de su casa, pero no tardaba más de cuarenta
minutos en llegar. Caminó una cuadra y se acercó al puesto de diarios de la
esquina. Lo atendía un hombre grande, un poco gordo y con anteojos. Tenía cara
de buena gente y un sombrero muy lindo. Guido lo saludó y le pidió el diario de
deportes. Sacó unas monedas de su bolsillo y pagó.
Caminando con el
diario bajo el brazo fue hasta la plaza que estaba a dos cuadras y se sentó en
un banco a leerlo. Entre página y página se quedaba un rato mirando a la gente
que pasaba, a los perros y a las palomas. Cada tanto algún chico pasaba cerca
corriendo y jugando. Siempre le gustaron los chicos. Aunque no así los bebés.
Cuando alguien le daba a su bebé para que Guido lo agarrase comenzaba a
sentirse muy incómodo, sin saber qué hacer con el bebé en brazos, ni cómo
sostenerlo bien. Seguro que el bebé la pasaba tan mal como él, porque debía
sentir su incomodidad. Tanto el bebé como Guido querían escapar de esa
situación cuanto antes. Pero siempre el más veloz para encontrar la salida era
el bebé: llorar.
Luego de un poco
más de una hora, se levantó del bancó y volvió a su casa. Iba a armar su
mochila con algunas cosas y ya ir a tomarse el subte. No quería llegar tarde y
que ella tuviera que esperarlo. Tampoco quería estar un segundo de más sin verla.
No tardó mucho en
armar la mochila –no tenía que poner demasiadas cosas, solo una botella de
agua, una campera, lo básico para moverse unas horas-, y agarró un cuadro de
ellos dos. Lo miró fijo y sonrió. Lo apoyó de nuevo en la mesita donde estaba,
se cargó la mochila al hombro y salió a la calle.
En el subte
miraba su reloj atentamente, sin perderse un solo segundo. Estaba muy ansioso y
sentía que cada segundo tardaba más en pasar. Miraba la cara de los viajeros: a
la señora vestida completamente de verde y con un sombrero rojo, al tipo que
escuchaba con mucha pasión música de sus auriculares, al padre con su hijo, a
los dibujitos en los vidrios. Próxima parada: el aeropuerto.
Salió del metro
con su mochila y siguió a la masa. La parada estaba adentro del aeropuerto, así
que solo quedaba ir hacia la puerta donde ella saldría y esperar la hora y
media que faltaba.
Se sentó en un
café a esperar. Pidió un té, posiblemente el té más caro que había comprado,
sacó Estudio en Escarlata y comenzó a leer mientras a gente pasaba y se
reencontraba. Mientras a su lado nacían mil abrazos en cientos de idiomas,
morían recuerdos para dar lugar a nuevos presentes, llegaban valijas cargadas y
se formaban sonrisas.
En los
aeropuertos uno puede apreciar situaciones muy divertidas, como la gente que
llega envuelta en ropa y camperas del otro hemisferio y se encuentra con un
calor agobiante o los grupitos que llegan con más valijas que personas. Pero
también, del otro lado, están las despedidas. A nadie le gustan las despedidas,
incluso si tienen la promesa de un hasta luego, de un volveré. Una despedida
crea incertezas que solo desaparecen en el rencuentro.
Y así estaba
Guido, intentando leer por lo menos una página, pero no le era posible. Pensaba
en cualquier cosa menos en Sherlock Holmes y el Dr. Watson. ¿Cómo iba a
hacerlo? Seis meses esperándola y estaba tan cerca… Miraba de nuevo su reloj,
el tiempo no parecía pasar.
La gente iba de
un lado a otro, volvía y se iba. Se reencontraba y se despedía, siguiendo la
rutina de un aeropuerto. Pero Guido seguía esperando, faltaban cinco minutos
pero la aguja parecía clavada. Creía que hacía horas estaba esperando los
últimos cinco minutos. Y si juzgaba por la gente que había visto pasar, no estaba
tan errado.
Decidió
levantarse del café y acercarse más hacia la puerta. Pagó el té y se fue. Se
sentó en uno de los bancos del aeropuerto, mirando al monitor que decía “Vuelo
NQ23 Aerolineas Argentinas Aterrizado”. Alternaba su vista entre el monitor y
su reloj y la gente que pasaba y la puerta donde ella saldría. Pero el
segundero parecía no avanzar, y el monitor seguía estático y la puerta nunca se
abría. Pero la gente no dejaba de pasar.
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