No cayeron lágrimas, porque no las merecías. Pero en mi pecho se sintió el flechazo frío de la indiferencia. Mi corazón no sabe de merecimientos; y yo, sigo siendo el mismo idiota que cae en tu juego, que queda atrapado en tus trampas. Una vez más, fracaso. Otra vez mi castillo de cristal se rompe (¿No seré yo el problema?). Y ahora ¿Qué hacer con los montones de ilusiones que juntaba en mis manos, con los sueños, los planes, las tardes, y todo lo que tenía para darte?
El sueño me dobla pero... ¿Cómo dormir hoy? ¿Vos podés? Yo sólo reviento de rabia y cierro fuertemente los ojos. Ojalá tuviera un corazón como el tuyo, un corazón de metal.
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